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DINAMITA EN UN POLVORÍN

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La crisis ha llegado. Al autorizar el ataque que acabó con la vida del general iraní Qasem Soleimani, Trump ha puesto el mundo en vilo. Ha arrojado, como dice el exvicepresidente Joseph Biden, dinamita en un polvorín. (JOHN CARLIN)

Un buen amigo ha salido en las noticias últimamente, acusado de acoso sexual o algo parecido. Han contado su historia en The New York Times , The Daily Mai l , NBC, Fox News, por todos lados. Michael es un veterano productor en un programa de televisión de actualidad en Estados Unidos. Puede que, tras una larga e ilustre carrera, pierda su trabajo y su reputación.

He aquí una pequeña parábola para nuestros tiempos.

En septiembre, Michael envió una foto a su hermana desde su teléfono móvil. En la foto, tomada en Johannesburgo en 1973 cuando Michael tenía 17 años, se lo veía a él y a unos amigos de colegio orinando sobre una pila de libros quemados. Los libros representaban las enseñanzas del apartheid. Michael y sus amigos, todos sudafricanos y blancos, estaban simbolizando su rechazo a un sistema que discriminaba a la mayoría negra de su país. No muy fino, pero en la larga crónica de imbecilidades adolescentes se han visto cosas peores, diría yo.

Bueno, resulta que 46 años después mandó la foto no sólo a su hermana, sino, sin querer, a una joven periodista que trabaja en su misma empresa. La joven periodista, llamada Cassandra, se escandalizó. Se sintió víctima de una ofensa sexual. Denunció a Michael ante sus jefes por comportamiento “altamente inapropiado, antiprofesional y angustioso”.

Michael pidió disculpas por lo que reconoció haber sido un craso error, y la empresa lo exoneró. Acto seguido, según Cassandra, sus compañeros y compañeras en el programa de televisión la marginaron. Ninguna sorpresa. Michael no sólo es un gentleman , como me dijo una mujer que trabaja con él, sino que es muy querido y respetado por todos los que lo conocen, dentro y fuera del trabajo. Salvo por la joven Cassandra, que ha acudido a los tribunales para denunciarle y para reclamar compensación económica de su empresa por el daño sufrido.

Cuento la historia –hay miles similares–como ejemplo de la época frívola en la
que vivimos. Y con el deseo de que en la década entrante recapacitemos un poco, tanto los ciudadanos como los dirigentes políticos. Que tengamos más generosidad, más responsabilidad y más sentido de la proporción.

Aquí en Europa como en Estados Unidos, o sea, en los países ricos y afortunados de la Tierra, nos hemos podido dar el lujo de buscar problemas donde no los hay. Tanto el absurdo drama que vive mi amigo Michael en el terreno personal como temas de mayor dimensión como el Brexit, el lío catalán o la presidencia de Donald Trump responden en buena parte a lo que parece ser la necesidad de inyectar drama en la próspera banalidad de la vida cotidiana. Es como si aquí, en el 2020, hubiésemos entrado en la fase idiotizada y decadente del imperio romano, con Trump interpretando el papel de los emperadores Calígula o Nerón.

Mientras los asuntos que nos animan son si el presidente de Estados Unidos tuvo relaciones sexuales con la actriz porno Stormy Daniels o si va a insistir en su fantasía de construir un muro en la frontera con México o incluso si va a jugar a la diplomacia con Kim Jong Un podemos hasta cierto punto reírnos de sus absurdos discursos o de su infantil tuitorrea. El problema siempre iba a venir cuando surgiera una crisis de verdad.

La crisis ha llegado. Al autorizar el ataque que acabó con la vida del general iraní Qasem Soleimani, Trump ha puesto el mundo en vilo. Ha arrojado, como dice el exvicepresidente Joseph Biden, dinamita en un polvorín. Una guerra entre Irán y Estados Unidos, con la participación de Arabia Saudí e Israel, es de repente una posibilidad. No lo digo yo, lo dicen expertos en la región. Lo que si sé es que Soleimani ha sido una figura mítica en Irán–algo parecido a lo que Eisenhower fue para Estados Unidos, o Churchill para Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial–. Lo que también sé es que la ola de terrorismo que ha asolado el mundo desde el 11 de septiembre del 2001 tiene sus raíces en el dinero y en el extremismo suní de Arabia Saudí, no en el chií Irán. Y que, por más represivo que sea el régimen iraní, preferiría mil veces vivir allí que en las áridas tierras gobernadas por la feudal dinastía saudí, especialmente si fuera mujer.

Todo esto no lo sabe el presidente Trump, que rompió un pacto nuclear con Irán en mayo del 2018, un año después de haber sido recibido con toda la pompa imaginable en una visita al rey saudí y a su siniestro hijo y sucesor, Mohamed bin Salman, amigo del yerno de Trump, Jared Kushner.

Trump dio la orden de aniquilar a Soleimani con poco más criterio que el de un niño matando a un malo en un videojuego. La diferencia es que en el mundo real hay consecuencias. Privado de los consejos de los generales adultos que despidió o que se despidieron de su caótica Administración, tendrá que depender de su inexistente juicio o de los inútiles chupamedias que lo rodean para ver cómo responde a las inevitables represalias iraníes.

Cuentan que cuando alguien le preguntó al primer ministro británico de los años sesenta Harold Macmillan qué era lo más difícil de gobernar, respondió: “Los acontecimientos, querido, los acontecimientos”. Pues ahora sí que ha acontecido algo, algo que pondrá a prueba como nunca al tonto en la Casa Blanca y que desenmascarará lo frívolos que nos hemos vuelto en la era de las redes sociales, fenómeno que ha potenciado la noción de que las opiniones de todos valen por igual, que los expertos se desdeñen, que la desproporción sea la norma y la indignación no se mida.

Trump no es la causa, es el síntoma. Igual que Boris Johnson en Inglaterra o los Casado, Arrimadas y Torra en España. Pero están donde están no por magia o por mala suerte, sino porque la gente los ha puesto ahí, lo que delata que no sólo son ellos, sino somos todos los que hemos estado jugando, sin conciencia de que las imprudencias se pagan, se trate de políticos que tienen en sus manos los destinos de millones de personas o de individuos como mi amigo Michael, cuya vida podría ser arruinada por la irresponsable maldad de una joven, a la que quizá haya que perdonar porque se crió en los tiempos que corren y no sabe distinguir entre lo que es serio y lo que no.

Empezamos mal la década. Cosechamos los frutos de demasiados años actuando a lo bobo. Esperemos que no haya guerra y que todo acabe en un susto. Pero en tal caso, que el susto nos espabile, que aprendamos a poner las cosas en su sitio y que controlemos un poco la tendencia hacia el infantilismo en la que hemos caído. Un buen comienzo, un buen propósito para el año nuevo, podría ser quemar nuestras cuentas de Twitter o Facebook, sin necesariamente orinar sobre ellas después.