SOCIEDAD no image

Published on mayo 18th, 2013 | by concordia7

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VIDELA DESAPARECI

Desde la clandestinidad y desde la legalidad democrática. Juré como diputado nacional por “la memoria de los treinta mil desaparecidos”.

Tanto se ha escrito y dicho en estos días sobre su siniestra trayectoria, que no aportaría demasiado una nueva semblanza de un asesino serial convicto y confeso.
Prefiero, en cambio, recordar lo que publiqué como primicia en junio de 1998, en el diario Página/12, donde revelé que diez años antes de imponer “la desaparición forzada de personas”, Jorge Rafael Videla y su esposa Alicia Raquel Hartridge de Videla, internaron a su hijo Alejandro Videla –diagnosticado como “oligofrénico profundo y epiléptico”- en la tenebrosa Colonia Montes de Oca, donde murió muy joven. Como contrapartida, el suboficial retirado Santiago Sabino Cañas, que había cuidado al muchacho en la Colonia no pudo conmover al dictador para que este salvara la vida de su hija Angélica, de 20 años, “desaparecida” por “subversiva”.

¿Qué compasión podía esperar el suboficial, si Videla había mantenido un secreto absoluto sobre ese hijo al que hizo desaparecer?

Cuando se publicaron las notas, Alicia Raquel Hartridge declaró que se trataba de “destruir a su familia”. Nada de eso tenía yo en mente: la ominosa simbología de ese secreto familiar debía ser expuesta para que todos los argentinos –incluidos los que festejaban los goles del 78- supieran que clase de personajes degradados y miserables habían llegado al poder, aupados por los grandes capitalistas y la indiferencia de la llamada “mayoría silenciosa”.

Por cierto –reitero- lo publiqué el 21 de junio de 1998, tres años antes de que María Seoane y Vicente Muleiro publicaran su valioso libro “El dictador”, donde recuerdan este episodio. La aclaración vale la pena porque hay periodistas con mala memoria –y no precisamente por el Alzheimer.  Ayer, 17 de mayo, en el blog del Grupo “Perfil” que se llama “A paso de yegua”, Ursula Ures Poreda trastocó las fechas y atribuyó la revelación a Seoane y Muleiro y a mi el “reflote” (o refrito) en Página/12.

Más allá de esas pequeñas miserias, reproduzco ahora lo que publiqué hace 15 años para completar la biografía del dictador más sangriento de la historia reciente de la Argentina.


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