S. RAMÍREZ: “EL AMOR POR DINERO FÁCIL HIZO QUE NO SE DIFERENCIE DERECHAS O IZQUIERDAS”

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El escritor nicaragüense fue vicepresidente de su país con el sandinismo. Habló con la periodista Matilde Sánchez de Cortázar, de Borges y del dolor de su patria.

«Yo nunca fui un político de raza. A mí nunca me interesó el poder. Participé de la Revolución con compromiso verdadero pero cuando la Revolución dejó de ser lo que habíamos soñado volví a lo mío, que siempre fue la literatura». Esta fue una de las tantas declaraciones jugosas que el escritor Sergio Ramírez realizó en el marco de la entrevista pública que le hizo Matilde Sánchez, editora general de Revista Ñ. De este modo, el Premio Cervantes nicaragüense (que también tiene nacionalidad española) participó de la Celebración del Día de España en la Feria que realizó el Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA).

Ramírez se refirió además a los escritores que marcaron su juventud, a la intensa amistad que tuvo con Julio Cortázar y al modo en que el boom latinoamericano configuró un nuevo canon literario en medio de épocas políticas convulsas. También se detuvo en el complejo presente de Nicaragua. Y es que Ramírez fue un militante activísimo en el Frente Sandinista de Liberación Nacional. De hecho, fue vicepresidente por el partido que formó el FSLN entre 1985 y 1990, durante el primer mandato de Daniel Ortega, con quien tiene profundas diferencias actualmente. «El de Nicaragua es un estado represivo y para peor, tiene un deterioro agudísimo en la economía que no augura nada bueno», sostuvo.

Sánchez recorrió la prolífica obra literaria de Ramírez, que tiene unos cincuenta títulos publicados. «Junto con Mario Vargas Llosa, aunque en sentido contrario, ha sido uno de los intelectuales comprometidos más importantes del siglo XX», enfatizó la editora. Ramírez -tan alto como Cortázar, de impecable saco y camisa celeste y una sonrisa indeleble en su rostro calmo- sostuvo que la literatura de Vargas Llosa tiene un alto nivel. Y situó La ciudad y los perros como una de las novelas imprescindibles del boom, junto con Rayuela, Cien años de soledad y La muerte de Artemio Cruz «con la que Carlos Fuentes agarró por las patas a la historia mexicana».

«Yo no entiendo al boom desde las edades de los escritores o el momento en que publicaron estos libros. Tampoco creo que se haya tratado de un fenómeno de mercado sino de la gozosa convergencia de una literatura que se animó al delirio en una época en la que el mundo cambiaba», explicó. Brindó un contexto histórico marcado, entre otras cuestiones, por los procesos de descolonialización en África, la irrupción de líderes como Martin Luther King o Malcolm X en Estados Unidos o Ernesto Che Guevara, al que Ramírez siempre encuentra «parecido con el Horacio Oliveira de Rayuela». Y consideró que la obra experimental de Cortázar no fue tan popular en Nicaragua como el escritor, que simpatizaba abiertamente con el Frente Sandinista. «Sin embargo, ese libro marcó a mi generación, no porque quisiera cambiar el mundo sino porque directamente proponía dinamitarlo», dijo.

Contó que llegó a Borges luego de leer a Cortázar. «Cortázar es experimentación pero Borges es territorio sagrado», enfatizó. Y rió cuando Sánchez le recordó el modo en que Salman Rushdie mostraba cierta indiferencia por los dos escritores argentinos pero no por Ramírez en su mítica crónica de mediados de los ochenta La sonrisa del jaguar. Rushdie viajó a Nicaragua en plena revolución.

Ramírez se encontraba estudiando Leyes en 1962, cuando el peruano Vargas Llosa publicó «una de las narrativas más novedosas que habíamos visto hasta entonces». «La ciudad y los perros me parece una imprescindible novela de formación que debe ser leída aún hoy», explicó. Agregó que esta historia de unos muchachos en un internado, agobiados de manera silenciosa por una lógica castrense «es tan política como Cien años de soledad». Entre otros escritores que conformaron su educación literaria, incluyó además a Juan Rulfo, Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias.

Su solidez tambaleó levemente cuando Sánchez cuestionó el hecho de que el boom no incluya a mujeres escritoras, como las mexicanas Elena Garro o Rosario Castellanos. «La literatura no es un tema de género sino de calidad», respondió. Reconoció que la calidad de Garro y Castellanos es indiscutible «pero si nos permitimos ampliar el abanico hacia la lengua portuguesa, creo que Clarice Lispector es la más importante de todas ellas».

En su última novela, Ya nadie llora por mí -editada por Alfaguara en 2017- el escritor señala el modo en que la corrupción permea el tejido social. «Sí, el amor por el dinero fácil hizo que ya no se pueda diferenciar derechas o izquierdas porque prácticamente todos los presidentes actuales o pasados en América latina tienen causas judiciales». El reciente suicidio de Alan García es una muestra de esto, graficó, pero otro tanto ocurre con el ex presidente de El Salvador, Mauricio Funes, a quien el gobierno de Nicaragua otorgó asilo político.

A la crisis política, añadió, se le suma el narcotráfico. «La singularidad de los narcos es que ellos solucionan los problemas que los gobiernos no asumen. Pablo Escobar, por ejemplo, se encargaba de equipar escuelas o donar insumos de salud «y a la gente no le importaba su costado criminal ni sus excentricidades». Recordó que cuando el líder del cartel de Medellín fue asesinado, «los hipopótamos que tenía en su zoológico privado escaparon y hoy están en la selva, reproduciéndose». De ahí la idea de que la literatura es inagotable como la realidad.

Denunció que en Nicaragua, donde vive a pesar del riesgo de vida que corren él y su familia, «hay 800 presos políticos y unos 40 mil exiliados huyeron a Costa Rica». «Lo que yo deseo es que Nicaragua encuentre su camino pero desgraciadamente, hay un riesgo muy tangible de que estalle una guerra civil y ya sabemos cómo termina algo así porque lo hemos padecido», dijo.

«Sin embargo, yo sigo en mi país. Ya estuve exiliado 14 años y no quiero volver a eso. A mí no me sacan de Nicaragua. O al menos, tendrán que hacer un gran esfuerzo», finalizó.

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