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EDITORIAL

Published on enero 21st, 2018 | by concordia7

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¿QUIEN SE ACUERDA DE ARTURO ILLIA?

Treinta y cinco años atrás, en Enero de 1983 moría en Córdoba, Arturo Umberto Illia. Austeramente, tal como había vivido, desaparecía quien, a pesar del breve lapso de su mandato fue el mejor presidente que tuvo nuestro país en la segunda mitad del siglo veinte.

Fue velado en el Congreso Nacional, y el cortejo, dicen los memoriosos, era una marea humana silenciosa por Callao al Norte despidiéndolo, un poco como un tardío reconocimiento a su impecable gestión y al ejemplo cívico que había legado, y mucho por la culpa que sentían, y sienten, aquellos imbéciles que habían adherido a la idea de que la caída de su gobierno en Junio de 1966 nos llevaría a un destino maravilloso.

En aquellos años no se sospechaba en a sufrir la traición del falso profeta y mucho menos que con ese golpe que perpetraban los militares, los curas y los grupos de poder civil se inauguraba el largo período que nos ha llevado a esta decadencia de hoy, sin proyecto nacional, de injusticia social, de asimetrías vergonzantes, de identidad irremediablemente perdida, temerosos y enrejados, y con el futuro tan hipotecado como el patrimonio de la patria.

La fórmula Illia-Perette obtuvo en la elección del 7 de Julio de 1963 el 25% de los votos, Los votos en blanco, mayoritariamante peronistas, alcanzaban el 21%.

Aquel gobierno debió enfrentar una situación de arrastre que es bueno recordar.

Por un lado aquella interminable interna militar entre azules y colorados y por el otro la pertinaz proscripción que el peronismo sufría desde 1955, estos elementos habrían de signar los 2 años y 9 meses del gobierno radical.

Aún así en ese escaso tiempo, y con semejante precariedad política los logros conseguidos son sin duda notables.

A saber:
Tal como lo había prometido en la campaña pre-electoral anuló los contratos petroleros firmados por el gobierno de Frondizi, lo que permitió recuperar la renta generada por la explotación de los hidrocarburos, lo que significó una de las decisiones más trascendentes de nuestra historia, en lo que respecta a política económica. John Kennedy reconoció que la decisión del gobierno argentino significaba un acto de soberanía que debía respetarse.

Sancionó la Ley del Salario mínimo, vital y móvil.

Disminuyó la deuda externa a cifras irrelevantes, incrementó las reservas, no permitió el desembarco de las grandes corporaciones financieras y no realizó ninguna negociación con el Fondo Monetario.

El crecimiento de la producción industrial, merced a la sustitución de importaciones fue de 18,7% en 1964 y del 13,8 en 1965.

El crecimiento del Producto Bruto Interno durante esos años fue de los más altos que se hayan registrado en nuestro país durante el siglo veinte, paralelamente el desempleo se situaba en guarismos muy bajos, y en el reparto de la riqueza, el sector asalariado participaba con más del 50%.

Pese a la férrea oposición de los sectores gorilas de las Fuerzas Armadas y a los de su propio partido, permitió que el peronismo participara en la elección de 1965, dando fin a una proscripción de 10 años, en las que el Justicialismo se impuso a través del Partido Unión Popular.

Revitalizó el sistema ferroviario que había comenzado a desguazarse durante la gestión de Frondizi y de su ministro de economía Alvaro Alsogaray.

Gobernó sin estado de sitio, sin plan conintes y sin intervenciones federales.

Obtuvo una resolución de las Naciones Unidas que obligaba a Gran Bretaña a negociar la soberanía sobre Las Islas Malvinas.

Se opuso a la invasión armada que realizaba EE.UU. en la República Dominicana y se negó a que fueran soldados argentinos.

Se sancionaron las leyes de medicamentos y la de abastecimiento de drogas, y junto a su ministro de salud, Dr. Oñativia se erigieron en implacables defensores de la salud pública, limitando con las leyes mencionados el manejo abusivo de los laboratorios internacionales.

No hubo durante su gobierno ni una sola denuncia de corrupción.

No utilizó el dinero que le asignaban para gastos reservados.

Ejerció un fuerte control de cambio y dió un fuerte protagonismo al Estado en el intercambio comercial a través de las Juntas de carnes y de granos.

El Presupuesto Nacional le asignaba a el área de educación el 25%, insisto, ya que parece un error; el 25% .

Este solo dato nos sintetiza cual era tono de su gestión.

Si quiere hacer alguna comparación, que actualmente nos colgamos del alambrado con la promesa de llegar al 6%.

En fín, ese país teníamos los argentinos hace cuarenta y tantos años atrás, sin embargo el gobierno de Illia, débil de nacimiento, sufría los embates de la prensa, que al no poder entrarle por el costado político se enzañaba con su imagen de médico de pueblo y de abuelo bonachón, y de aquellos angurrientos sindicalistas que prepararon el terreno para el golpe.

Andrés Framini, Augusto Vandor y José Alonso diseñaron aquello que se llamó “plan de lucha” con toma de establecimientos fabriles. Alonso y Vandor serían asesinados poco después, acribillados por las balas que administraban los embriones de lo con el tiempo sería la triple A.

Los militares tenían el camino preparado para avanzar, y avanzaron.

La Iglesia guardo silencio, ese silencio cómplice que tan bien conocemos.

El golpe del 28 de Junio de 1966 fue incruento, no hubo tiros, pero si frases que dichas aquella madrugada, a modo de resistencia por un hombre que estaba irremediablemente solo, deberían ser recordadas permanentemente.

El Dr. Illia dejó la Casa de Gobierno y se fue en un taxi a la casa de su hermano en Martinez, no tenía ninguna propiedad, salvo su casa de Cruz del Eje, que había sido adquirida mediante una colecta popular en la que los vecinos, sus pacientes, sus amigos, ponían cada uno un peso, hasta completar el pago. Esa casa es hoy un museo que lo honra.

Después, siguió la historia, como siempre sucede. Pocas semanas después sobrevendría la noche de los bastones largos. El general Fonseca, a la postre Jefe de Policía sacó a palazos a alumnos y profesores de las facultades nacionales. “Sáquenlos a tiros si es necesario, hay que limpiar esta cueva de marxistas” vociferaba Fonseca.

De paso se destruyeron bibliotecas y laboratorios y lo que para la época era una novedad: la única computadora que tenía la Universidad Nacional.

Años después diría Alain Touraine, el sociólogo francés, “Estados Unidos recibía con los brazos abierto a los “comunistas” expulsados de las facultades argentinas”.
En síntesis renunciaron 1378 profesores, 301 de ellos emigraron, de ellos, 215 eran científicos.

El país hizo un viraje siniestro, nos degradaríamos hasta el hartazgo, Los militares argentinos adhirieron a la Doctrina de la Seguridad Nacional. La inteligencia sería sistematicamente despreciada, la violencia era la nueva deidad. Nos enchastraríamos con sangre. El pelo largo de los muchachos y las minifaldas de las chicas pasaban a ser elementos subersivos y las sesiones de tortura eran “ejemplificadoras lecciones de moral occidental y cristiana”.

A todo esto, El Dr. Illia, quien supo decir ” Un hombre pobre, no es un hombre libre” volvía a la provincia de Córdoba, a trajinar las salas de los hospitales y a recorrer los pueblos cordobeses como un militante más.

La historia suele recordar a este demócrata como a un político honrado, como a un hombre bueno y en cierto modo esto significa un marcado ninguneo, una discreta manera de despreciarlo. Arturo Umberto Illia, fue mucho, muchísimo más que eso.

Sería digno, que aquellas autoridades de la UCR, en todos sus ámbitos, en este momento tan especial que vive el país, retomara la senda de honrarlo no con palabras vacías, sino imitando sus actos, sus prácticas y sus principios


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