LAS RAZONES POR LAS QUE PELIGRA, SERIAMENTE, LA REELECCIÓN DE MACRI

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Una vez más, y sin que se produjera ningún cambio en el precio del dólar, la imagen presidencial se derrumbó, esta vez al nivel más bajo desde diciembre del 2015. -Ernesto Tenembaum-

Hace exactamente un mes, las principales encuestadoras difundieron un dato sorpresivo, sobre todo para el final de un año tan horrible como fue el 2018: la imagen de Mauricio Macri había pegado un salto importante. A partir de ese escenario, algunos analistas especularon que con la estabilidad cambiaria y la consecuente desaceleración de la inflación podría alcanzar para que el Presidente fuera reelecto. La esperanza duró un suspiro. Los datos difundidos en los últimos días desmienten esa teoría. Una vez más, y sin que se produjera ningún cambio en el precio del dólar, la imagen presidencial se derrumbó, esta vez al nivel más bajo desde diciembre del 2015. Los últimos estudios, si se los mira todos juntos, arrojan serias dudas sobre el destino del Presidente.

Tal vez el más serio de los indicadores para percibir lo que sucede sea el Índice de Confianza en el Gobierno, que elabora desde hace años todos los meses la Universidad Di Tella, con base en una encuesta de la consultora Poliarquía. A ninguna de esas dos fuentes se le puede atribuir un sesgo opositor al Gobierno. El Índice de Confianza en el Gobierno de enero refleja una caída del 15% respecto del mes anterior y del 28% respecto de un año atrás. Su valor absoluto se ubica en los niveles más bajos de la serie, apenas por encima del peor número que recibió Cristina Kirchner en todo su mandato. En los meses en que CFK perdía elecciones, su valoración era significativamente más alta que la de Mauricio Macri ahora.

Los datos son confirmados por otros estudios similares de la consultora Opina Argentina, de Facundo Nejamkis; de Elypsis, de Eduardo Levy Yeyati; y los que reflejó la encuesta mensual de Poliarquía, adelantada por Infobae el viernes. En ese sondeo los candidatos de Cambiemos sumados reúnen el 35% de los votos, contra el 29% de los candidatos kirchneristas, y el 19% de los que pertenecen al espacio no K, sin que entre ellos figure aún Roberto Lavagna. La caída de Cambiemos se percibe si se compara esa encuesta con la de diciembre, cuando los votos sumados de los candidatos oficialistas llegaban al 39 por ciento.

Esos datos se agravan si se focaliza la atención en los números personales del Presidente. Su imagen personal apenas llega al 24%, contra el 35% de Cristina Kirchner y el 42% de María Eugenia Vidal, que sigue siendo la candidata más competitiva. En la foto actual, Cristina tiene mucha más imagen positiva que el Presidente y menos imagen negativa. Macri pidió a la sociedad que se lo juzgara según su capacidad para bajar la pobreza y la inflación, y le está haciendo caso. Vidal, en cambio, supera a CFK con cierta comodidad. La diferencia de imagen positiva entre Vidal y Macri es de 18 puntos a favor de la primera. En algún momento, si esto no cambia, el nombre del candidato oficialista volverá a ser discutido: en última instancia Macri deberá decidir si prefiere que su sucesora sea Vidal o Cristina.

Cuando suceden estos cambios abruptos en la imagen de un líder, los políticos y analistas tratan de entender cuál es el factor que los desencadena. Unos días después de la cumbre del G20, cuando se percibía el efímero repunte de Macri, un integrante del gabinete analizó: «El Gobierno está en un momento dificilísimo. La gente está enojada. Pero también está enojada con Cristina. Al final, va a ser una competencia que ganará el que provoque menos enojo. Macri tiene chances si dejamos de meterle la mano en el bolsillo a la gente. Si hacemos lo contrario, va a perder». El único elemento novedoso que podría justificar la caída abrupta de imagen de este mes es, justamente, el anuncio de un nuevo aumento de tarifas. Sobre un año con una caída vertical del salario real, anunciar eso tal vez haya colmado la paciencia.

Naturalmente, cualquier funcionario podría argumentar que si no se suben las tarifas, no se reduce el déficit fiscal, se debilita el acuerdo con el FMI y el castillo de naipes puede saltar por el aire. He allí un típico camino sin salida: si se aumentan las tarifas, se pierden las elecciones y, si no se aumentan, también. Hay, en este contexto, una pregunta obvia de esas que solo no ven quienes están encerrados en un laberinto: ¿Es necesario aumentar tanto las tarifas? ¿No hay un exceso de dogmatismo en la necesidad de llegar tan rápido al déficit cero? ¿Hay muchas experiencias internacionales donde se hayan aplicado ajustes tan violentos?

Sea como fuere, el oficialismo se apoya aún en dos factores que, cree, aún le permitirán ganar las elecciones. Uno de ellos es la economía. El ala optimista de la Casa Rosada cree que, si la carrera sigue abierta aun en estas condiciones, con el correr de los meses, cuando la estabilidad llegue y la economía empiece a crecer en los márgenes, Macri empezará a recuperar puntito por puntito y ganará la elección. El equipo oficial está acostumbrado a remontar pendientes complicadas: en agosto de 2015 explotó un caso de corrupción que afectaba a Fernando Miembro y Macri parecía terminado; en junio de 2017, las encuestas oficiales marcaban que Esteban Bullrich perdía por 7 puntos contra Cristina.

Pero ¿será cierto que podrán consolidar la estabilidad en medio de esta incertidumbre? Y, aun si lo logran, ¿empezará a moverse la economía? En el Palacio de Hacienda, naturalmente, responden a las dos preguntas con un «sí». Pero son los mismos que confiaban tanto en el gradualismo. Alguna gente opina distinto, como se refleja en el último informe que distribuyó Carlos Melconian entre sus poderosos clientes. A la primera pregunta, sobre la estabilidad, responde «tal vez». A la segunda, sobre el crecimiento preelectoral: «no». Melconian agrega dos preguntas más. «¿Se puede ganar elecciones sin bonanza económica?». Contesta: «Hasta ahora no sucedió». Pregunta: «¿Puede volver el populismo?». Sostiene: «Difícil».

El segundo factor en el que confía la Casa Rosada es el mismo que desde hace 12 años, cuando Macri ganó la ciudad de Buenos Aires: se llama Cristina Kirchner. En los últimos diez días, solo en los últimos diez días, el kirchnerismo generó las siguientes imágenes: Hebe Bonafini pidió que dispararan con pistolas eléctricas a los hijos de Macri y Vidal, y se lamentó por no haber formado un ejército kirchnerista al mando de Milani; Andrés Larroque, el bloque de diputados del FPV y Juan Grabois respaldaron enfáticamente a Nicolás Maduro; Diana Conti pidió una reforma constitucional para eliminar la independencia del Poder Judicial; Luis D’Elía se metió semidesnudo a una pelopincho en el obelisco.

En su columna de Humor Político de dos semanas atrás, Rodrigo Figueroa Reyes imagina que Jaime Durán Barba presenta su nuevo libro, Cómo poner al peronismo a trabajar para uno. Y le hace decir: «El libro justamente habla de aprovechar la fuerza del otro como sucede con el judo, pero al revés. Porque en lugar de buscar las fortalezas, detectamos lo más miserable de cada uno y lo exponemos para que los electores vean a qué se enfrentan. Hebe de Bonafini pidiendo que prueben las pistolas Taser con la hija de Mauricio Macri, María Eugenia Vidal y Patricia Bullrich. Pino Solanas reconociendo que fue un error la alianza con Carrió y llamando a la unidad con su hasta hace 3 minutos enemiga Cristina Kirchner. El Papa enviando un representante del Vaticano a la asunción de un dictador que entre sus cinco o seis invitados internacionales tenía al presidente de un país que no existe».

Tal vez tengan razón Macri y el falso-verdadero Durán Barba.

Pero tanto va el cántaro a la fuente.

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