LA POLITICA DETRÁS DE LOS CORTINADOS

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Peleas de fin de año y la reforma constitucional que sueña Cristina. El Congreso fue centro de nuevas batallas entre oficialismo y oposición. La prensa, obsesión K para un nuevo mandato. -IGNACIO ZULETA-

PELEA POR LEY DE BARRAS ESCONDE CONFLICTOS POLÍTICOS MÁS DE FONDO

La historia de los pueblos americanos registra las guerras floridas como enfrentamientos rituales, mediciones de fuerza que se hacían entre pueblos que no buscaban el dominio del otro, sino tomar rehenes y –como afirman algunos antropólogos– hacer sacrificios que terminaban en prácticas de canibalismo. Mucho de eso hay en la política, cuando las fuerzas se enredan en disputas que no tienen que ver con la resolución de conflictos de fondos, pero en las que las partes parecen arriesgar todo, a cambio, aparentemente, de nada. Es lo que revelan estas batallas de fin de año. A diferencia de años anteriores, el país va cerrando el 2018 a marcha lenta y sin chispazos.

Lo ilustra el ánimo con el cual regresó Elisa Carrió al Congreso. “Vengo en son de paz”, dijo mientras recorría las bancas en el recinto. Hasta se permitió un saludo cordial y rosquero con Emilio Monzó, blanco último de sus pullas, pero con quien concilió los ánimos para mandar a comisión la trajinada ley de barras. La jefa de la Coalición impone la necesidad de convertir en incompatible el ejercer la dirigencia de clubes con la función pública. Hasta que no lo consiga no acompañará el proyecto. Monzó, por su lado, asumió sobre sus espaldas la responsabilidad de hacer caer la sesión. El argumento fue que era una manera dislocada de legislar sobre cambios al Código Penal en plena sesión, en relación a un proyecto que tenía el 90% de sus artículos observados. La orden presidencial era que saliera sí o sí.

Monzó y los jefes de bloque del oficialismo ejercieron la obediencia debida hasta la puerta del debate: se votó en general, pero la iniciativa se despeñó con el debate en particular. Así no se legisla, se dijeron los jefes de bloques, que improvisaron una reunión de labor minutos antes de la sesión: “Vamos a aprovechar el primer traspié para mandarlo a comisión”, se dijeron en voz baja Monzó y los caciques del oficialismo y la oposición. Y ocurrió cuando se trabó la discusión acerca del enigma teológico de la definición de qué es una reventa de entradas.

¿Es lo mismo que una barra reciba para revender media tribuna, que el canje oneroso de un ticket entre dos compañeros de oficina? Listo: se mandó el proyecto a comisión, algo que el propio Gobierno mira en estas horas como un alarde de fuerza del Congreso, para ponerle límite a eso que llama Miguel Pichetto la “pasión legiferante”, que es creer que se gobierna mejor creando nuevas leyes antes que aplicando las que la existen.

DIPUTADOS ELUDIERON ORDEN PRESIDENCIAL DE “SALE O SALE”

Esa decisión ha levantado una polvareda digna de mejor causa, porque nadie cree en serio que por un agravamiento de penas se termine el drama del barrabravismo. Las reacciones de uno y otro lado obedecen a disidencias de otro tipo. Primero que nada, en el debate sobre la manera de hacer política y de encarar la campaña. El día anterior a la sesión del miércoles, Patricia Bullrich recibió a un lote de legisladores del oficialismo comprometidos en las comisiones que trabajaron en el proyecto (Juan Manuel López, Waldo Wolf, Marcela Campagnoli, Jorge Enríquez, Fernando Iglesias, entre otros) y les trasmitió la orden presidencial del “sale o sale”.

¿Razones? Una respuesta a la opinión pública indignada por la batalla de la calle Monroe (agresión al micro de Boca Juniors), que apareció como el rostro de una seguridad incontrolada. Tan respuesta como fue la ley Micaela, una reacción desde la política al caso Darthés. Con esa misión fueron al recinto, pero chocaron con los intereses de la política de fondo, que están por encima del marketing. Alguno esgrimió como motivo del pase a comisión que, en plena sesión, Pichetto mandó a decir que el Senado no iba a tratar la iniciativa hasta el año que viene.

Algo sabía de la reunión en Casa de Gobierno de ese día entre Marcos Peña, Emilio Monzó y Federico Pinedo, en donde se decidió el llamado a extraordinarias para febrero. Cuando se enteró de que el debate se había caído por esa noticia, Pichetto se enojó más –si fuera posible, porque vive enojado–: “No me quieran echar la culpa a mí de que se cayó la ley. Se cayó porque en Cambiemos no se ponen de acuerdo”.

RETABLOS CON POLÍTICOS QUE RESPETAN CÓDIGOS

El Congreso ya ganó la pelea para ser el árbitro de todas las decisiones. La prueba de fuego fue el Presupuesto 2019, una joya producto de una negociación ante la que cayeron las posiciones maximalistas de la Casa de Gobierno, y también las del Instituto Patria y las sedes subrogantes del peronismo. Este fracaso del oficialismo encierra otras inquinas menos confesables, pero que tienen dudosa solución porque apelan a situaciones culturales difíciles de cambiar. Lo demostró hace unos días una trivialidad como el cumpleaños 50 de Martín Ocampo.

Este funcionario, como Patricia Bullrich en el orden nacional, ocupaba como ministro de Seguridad del Gobierno porteño las mejores marcas de prestigio. Lo señalaron como el responsable político de la batalla de la calle Monroe, y lo mandaron a la casa. Igual lo siguen queriendo, por eso Daniel Angelici prestó su casa de Villa Rosa para festejarle los 50, y la fiesta incluyó a estrellas del oficialismo con códigos, como Diego Santilli, Cristian Ritondo, Francisco Quintana y Laura Alonso, entre otros. Ante estas constancias de fondo, como los vasos comunicantes entre la política y el fútbol ¿era necesario el retablo insolente de la sesión de Diputados?

POR UN TRIS NO SE VIERON MACRI CON CARRIÓ

Parece un retablo para enojar a Carrió, que menos mal que caminará este fin de año en misión conciliadora. Durante la semana que pasó estuvo en un tris de reunirse con Mauricio Macri. Se frustró por un choque de agendas y porque los dos viajaban: el Presidente a Cumelén y Lilita al Uruguay. Pero las negociaciones llegaron al más alto nivel de sus relaciones, es decir a un acuerdo con José Torello que espera en la mesa de Ana Moschini, secretaria privadísima del presidente.

Mediadores de las dos partes preparan para esta semana un encuentro con Marcos Peña, que la diputada tiene que definir con una agenda muy finita. El miércoles Lilita cumple años, y no es algo que se diga así nomás en esa tribu. Los menos avisados esperan una legendaria fiesta gitana de las que suele organizar. La fecha coincide con su mudanza de una casa a otra en el club de chacras que ella habita en Capilla del Señor. Alquilaba una mientras construía la definitiva, y seguramente los invitados a esa fiesta deberán dar una mano para la mudanza. El fin de año le acumula compromisos, porque el jueves Mario Negri –su mejor amigo y aliado en el oficialismo– tiene previsto un acto de lanzamiento de su candidatura a gobernador. Será en la Capital de Córdoba. Como en los planes de Lilita está darse una vuelta por esa provincia para fin de año, en una de esas…

PICHETTO VS. CRISTINA: NO HAY DEMOCRACIA SIN CONTROL DE LOS MEDIOS

También fue una guerra florida el debate en el Senado del proyecto de desregulación del precio del papel, que aprovechó Cristina de Kirchner para proyectar la foto en sepia de lo que promete para el futuro, si llega a gobernar otra vez. Interesa porque marcó las diferencias con el otro peronismo –y no tanto por el fondo del debate– porque su proyecto tuvo un fuerte respaldo: 45 votos a favor, 16 en contra. La ex presidente discurrió sobre las presuntas responsabilidades de los medios en las desgracias colectivas, porque manipulan a los políticos y les hacen cometer barrabasadas. Daría para risa esta rabieta si no encerrase un proyecto que ha adelantado en discursos militantes, como el que dio en el congreso de “Pensamiento Crítico” (un oxímoron tratándose de la tribu que encabeza Cristina). Allí pidió por una reforma constitucional, que encuadre a los medios y a las organizaciones sociales.

“Cuando uno llega al gobierno –se lamentó en ese discurso de hace un mes en Ferro–, si tuviera que representar lo que significa el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo, que es lo que se somete a elecciones, cada dos años o cada cuatro, podemos decir que eso representa un 20 o un 30% del poder. El otro 70 u 80% del poder está afuera, en organizaciones, en organismos, en sociedades, en medios de comunicación, cosas que no están reguladas en ninguna Constitución ni en ninguna ley. Por eso es imprescindible darse una nueva arquitectura institucional que refleje la nueva estructura de poder”.

Esa nueva arquitectura es la que encierra el sueño cristinista de una reforma constitucional, que encuadre a esos poderes de la sociedad, que ganan vigor con los avances tecnológicos y que limitan, de manera saludable, el poder de los estados. Las organizaciones sociales, algunos de cuyos dirigentes orbitan hoy cerca del Instituto Patria, nacieron en protesta contra el ciclo kirchnerista. Hicieron su aprendizaje con manifestaciones ante los ministerios de la dádiva. Para ellas tiene un lugar el cristinismo en un proyecto de reforma constitucional, y no será para alentarlas sino para encuadrarlas. Lo mismo pretende cuando habla del cepo a la prensa. En ese corte está la diferencia entre los peronismos, y allí buscan poner las fichas para la estrategia de capturar la identificación con distintos sectores. Cristina la busca en el peronismo de los indignados.

Pichetto, en cambio, sólo ve un destino para el peronismo, si encuentra la manera de acercarse a los sectores medios. Por eso retrucó a Cristina en la última sesión. Como si estuviera en un diván, dijo la ex presidenta sobre la prensa: “¡Qué maravilloso poder! ¡Qué maravilloso poder! (…) Bueno, chapó; en realidad, tal vez hay un dejo no sé si de envidia o admiración por tan excelente manejo del poder, de un poder que, repito, no se nota, pero que hoy es un ejemplo claro”. Pichetto le respondió: “La construcción del Estado liberal se hace con los periódicos y con los periodistas. No existe el estado democrático sin un control por parte de los medios de comunicación y un trabajo de libertad de estos medios. Si no, es que queremos otra cosa, tal vez un modelo a lo Maduro, tal vez alguna experiencia de reforma de la Constitución extrema”.

EL REFORMISMO ES UN SUEÑO ETERNO

Esta votación en favor de la desregulación, de paso, fortaleció a Pichetto, que hace equilibro entre los peronismos, porque entre los 44 votos positivos figuraron senadores del bloque federal que volvieron a marcar diferencias con Cristina. ¿Quién dijo que no hay dos peronismos? Las diferencias están en debates como éste, no revelan peleas personales sino diferencias profundas, aunque sea a propósito de una guerra florida como la del precio del papel. La disidencia no es nueva. Uno de los cerebros del cristinismo ha sido y es Jorge Capitanich, hoy intendente de Resistencia. Él ha planteado hace rato la idea de una reforma constitucional que actualice instituciones del pasado al presente. Auspició el año pasado en su ciudad una mesa de debate sobre la reforma constitucional con peritos de su partido. Este año lanzó un proyecto para cambiar la constitución de su provincia.

En realidad, la obsesión del peronismo, en cuanto a una reforma, es abolir el balotaje. Cristina habló en 2016 (setiembre, discurso en Quito, Ecuador) de la necesidad de una reforma constitucional que equilibre el poder de los políticos y el de las “corporaciones” (entre ellas la prensa, como ha fabulado siempre). Allí admitió la necesidad de una estrategia parecida a la de Cambiemos en 2015, armar un Partido del Balotaje que le permita al peronismo ganar en primera vuelta. En ese pergeño jugará de manera central Eugenio Zaffaroni. Este abogado insiste en una reforma constitucional para instaurar el sistema parlamentario –algo que el peronismo le rechazó siempre a Raúl Alfonsín– y creen que seducirá a algunos radicales. Pero para el peronismo reforma significa una sola cosa: eliminación del balotaje. Una quimera hoy, pero una herramienta para negociar alguna vez con el macrismo si éste se debilita al punto de tener que entregar ese mecanismo, que ya debió cederlo Carlos Menem en 1994 a cambio de su reelección. Todos son víctimas del virus reformista, una manera de confesar que hay políticos que con estas leyes no pueden gobernar. Si no podés cambiar vos, cambiá el reglamento, es una las máximas de la sociedad líquida, que crea la ilusión de la política a la carta.

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