EL PODER ES EL PODER; LA TAUTOLOGÍA QUE DEFINE LA PRÓXIMA GRIETA

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Es palmaria la presión en el Frente de Todos que convive con una contradicción que emergerá inevitablemente. -Gustavo Sánchez Romero-

Las aún pequeñas olas que se advierten en el imaginario discursivo de la campaña electoral del Albertismo es sólo un movimiento superficial que permite inferir las fuertes corrientes que conviven debajo de la línea de flotación.

Las aguas del poder que están en juego bajan turbias y enrarecen una campaña apática, pletórica de buenas intenciones y con definiciones tan ambiguas como el interés del electorado.

Quizá esto último se deba a que, tal vez como nunca, la sociedad civil advierte la verdadera gravedad política institucional de la Argentina, mientras los dirigentes apelan a marcas en el discurso que no lo comprometan ni diferencien. Ni de un lado ni de otro se arriesgan programas de gobiernos reales y sustentables, más allá de fuegos de artificios.

Todo indica que no está en juego quién impondrá la opción técnica, sino que todo se reduce a si será Alberto, con su estilo anodino sostenido en los gobernadores, o Cristina y sus huestes impulsivas, quien se quede finalmente con la escritura del castillo de naipes.

En definitiva, la sociedad está a la espera del final de bandera verde. Como en el maravilloso relato de Robert Louis Stevenson –El extraño caso del doctor Jekill y el señor Hyde- donde un médico admirado y respetado convive en su cuerpo con un execrable sujeto que se apodera en sus noches sin que él pueda evitarlo.

Toda una metáfora de la Argentina escrita a finales del siglo XIX.

Sin tregua.

Es que una característica define la naturaleza del poder y es su condición fáctica: sólo tiene sentido en la medida que se ejercite de manera práctica y material. Todos quienes conforman el reticulado político, económico y social de un determinado lugar en un tiempo preciso deben comprender que allí reside, precisamente, quién toma las decisiones.

No hay otra forma de entenderlo: el poder no se detenta, se ejerce.

De allí que la historia albergue muy pocos casos donde el poder se desagregue o comparta en dos o más personas o facciones. En cualquier caso, más temprano que tarde, termina inclinándose para una de las facciones en contradicción.

El peronismo es básicamente un partido de poder. Ha nacido con esta marca en el orillo y lo acompaña desde hace casi 75 años. Su esencia es inescindible a su devenir.

En cualquiera de las versiones que tomó en los siglos XX o en las dos últimas décadas, nunca se mostró como un partido bicéfalo, aun cuando su principal líder ya no estuvo para golpear sobre la mesa y definir el rumbo.

Todo intento de dualidad fue cortado de cuajo, tanto por Juan Perón como por su línea de su sucesión. No importa de qué lado del arco ideológico se ubique, el partido funcionó como un colectivo desbocado y en cada banquinazo aturdido de varios de sus choferes, los pasajeros se acomodaron sin quejas ni demandas a fuerza del propio movimiento.

Esto quedará en evidencia el domingo 27 de octubre cuando se conozcan los resultados de las elecciones presidenciales y Cristina Kirchner emerja de las sombras como un Godzilla patagónico reclamando la propiedad de gran parte de los votos.

Dirá entonces que ella diseñó las listas en todo el país y que su dedo apuntó sin miramientos a Alberto Fernández para ser el candidato. Saldrá a tomar la parte del león. Alberto dice lo contrario y hasta la ningunea.

A las 22, cuando se conozcan oficialmente los resultados, si todo sucede como todo se prevé, comenzará a desovillarse la futura grieta de la Argentina: quién detenta el poder en el país.

Expectativas.

La capacidad histriónica de la ex presidenta convence a muchos que ya decidió jubilarse de la política, que está cansada, que es el tiempo de Alberto, que hay un nuevo consenso interno dentro del partido y algunos otros argumentos fútiles que la hacen prescindible del actual momento político de la Argentina. No hay tu tía.

Después del general, sin dudas, somos contemporáneos de la más grande dirigente que ha dado el continente en términos de tacticismo, a pesar de de sus errores y tozudez.

Sin embargo, habrá que recordar que su último gobierno terminó con un alto nivel de rechazo social, que los indicadores económicos de esa gestión -sino fuera porque Macri se obstinó en superarla inexplicablemente- la ponen como una de las peores de la democracia, donde un grueso manto de corrupción abrazó a sus principales funcionarios y gran parte de la sociedad votó masivamente por su salida del espectro político, entre muchas otras cosas.

Esto sucedió sólo hace cuatro años.

Sin embargo nunca perdió la referencia ineludible de la dirigencia política, y su base de sustentación política no sólo se mantuvo, sino que se incrementó a la hora de las urnas.

Sí Cristina resignó el protagonismo de la fórmula fue porque, como decía Perón con ironía, “con los buenos solos no ganamos”.

Ya no era su tiempo, entendió con lucidez. En una sociedad que empezó a evitar los bordes, todos se sienten más cómodos en el centro. Para el kirchnerismo, Alberto sería el mascarón de proa para una idea que navega con el norte de consolidar la figura de Máximo Kirchner para el 2023.

Cristina advirtió antes y mejor que nadie lo que estaba subterfugio y en incipiente emergencia. Y actuó en consecuencia contra la lógica general.

La arquitecta de esta obra no demorará un tranco de pollo en salir a reclamar lo que le pertenece. Hasta su estratégico silencio es premeditado.

En eso consiste el poder. En eso consiste el peronismo. En eso consiste el kirchnerismo.

Antinomia.

Sin unidad, Bordet ganaba la provincia con comodidad, pero perdía muchos municipios. Sin unidad, el peronismo no hubiese encontrado el camino allanado en las PASO. Sin unidad, el peronismo corría el riesgo de mayor disgregación interna.

El peronismo, como digno partido del poder, ha decidido unirse ante la debilidad creciente de Macri y la notable e inevitable caída de las expectativas en su gestión.

Todavía no está claro cuál es el discurso que se convertirá en el eje del gobierno de Alberto, y cuál será el espíritu que se impondrá en la futura gestión. Las tensiones al seno de la coalición son más que evidentes y la convierten en un paralelogramo de fuerzas no concurrentes con dos claras visiones sobre lo qué hay que hacer con la Argentina.

El problema reside en la imposibilidad de maniatarlas bajo el silencio de la conveniencia y adquiere capilaridad sin que sus propios actores puedan evitarlo. El que no llora no mama.

Alberto articula desde el primer día de su candidatura una red de contención y proyección política. Aquí los gobernadores e intendentes -ámbito hostil a la posición refractaria del kirchnerismo y sus aliados- jugarán un papel clave.

En este escenario, cuando zarandea sus recursos, se agigantan la figura de Gustavo Bordet, Omar Perotti y Sergio Massa, ahora sí revalorizando la amplia avenida del medio.

Si alguna posibilidad tiene Alberto de plantear un gobierno institucional, equilibrado e integrado al Mercosur y al mundo será siempre que este reticulado de apoyo le permita estrategias propias y diferenciadas en materia de política exterior, ejes jurídicos democráticos que respeten las libertades individuales y un plan económico que permita recuperar las sanas expectativas de la población.

Hasta ahora la legitimidad del discurso se le escapa entre los dedos a fuerza de contradicciones y oscilaciones. La ambigüedad es la regla.

Pero el poder es el poder.

Así planteada, esta tautología es la que definirá la grieta que viene.

La sociedad parece volcarse abiertamente hacia la idea de un gobierno distinto que promete Alberto.

Allí también deberá el futuro presidente libar y fortalecerse para enfrentar al kirchnerismo que se refugiará en la provincia de Buenos Aires, en las calles y en las redes sociales para tomar envión para ir por un gobierno puro, sin infieles de cara al futuro.

Poco se sabe de las negociaciones y de los repartos que instrumentarán Alberto y Cristina, pero solo quien abreve en la ingenuidad o el error podrá creer que la expresidenta cederá el rol de organizadora de un gobierno que le costó tanto recuperar.

Reforma de la Constitución, Reforma agraria, Conadep del periodismo, nuevo Poder Judicial, ministerio la venganza y el rol de los movimientos sociales son sólo algunas de las propuestas que dejaron correr sus adláteres, y que irritan a Alberto y los gobernadores.

Convicciones.

Cuando más cerca se está de la convicción que la victoria es irreversible, más afloran los reales espíritus internos. No será la primera vez en la historia del peronismo que todo el arco –de la recalcitrante derecha a la indomable izquierda- se encuentre en el umbral de un gran cambio.

Sin dudarlo que esta disyuntiva se verá con mayor claridad cuando el kirchnerismo y el Albertismo deban repartirse los espacios sensibles: Ministerio de Justicia, Del Interior, Cancillería, AFI, AFIP y el control de los espías, por citar algunos.

Pero si se dividen primero y segundo, correlativamente, en cada una de las miles de secretarías, subsecretarías, organismos, programas y planes de gobierno, la gestión se convertirá en un verdadero pandemónium con todas las intersecciones electrificadas, a la espera de la resolución del conflicto de base: ¿Quién ejerce en poder?

Todo indica que Gustavo Bordet , entre los primeros lugares en los afectos de Fernández, se ha tomado el trabajo en estos cuatro años de galvanizar su gobierno, y en el recambio de diciembre se podrá advertir un gobierno provincial ideológicamente más puro que el que está terminando.

Para él es suficiente los dos potenciales escaños legislativos que Stefanía Cora y Blanca Osuna tendrán en el Congreso Nacional.

Aquellos que juraban apenas un par de años atrás inmolarse bajo el encantador abrazo de Urribarri, hoy ya casi no cavilan y pegaron el salto en la rayuela de la política provincial buscando el cielito bordetista.

El kirchnerismo es, genio y figura, la atolondrada letra de Sinceramente, el libro de Cristina, que cada tanto corre el velo del escondite y se dejan leer sin tapujos Dady Brieva, Luis D´Elía, Horacio González, Juan Grabois, Menpo Giardinelli, Hebe de Bonafini, Eugenio Zaffaroni, o la misma Cristina. Incluso el mismo Alberto se tropieza con su lengua cada vez que se enfrentan a un auditorio crítico, cuando intenta distraer diciendo a unos y otros lo que cada uno quiere escuchar.

Todos aportan una facción dentro de una coalición que deberá saldar la escalera de la hegemonía en el reticulado del poder en términos gramscianos.

La dinámica de esta contradicción parece avanzar más rápido que, incluso, las conveniencias electorales. Y para los más lúcidos analistas, en clave de mensajes cifrados por el poder, se viene desplegando cada vez con más virulencia ante los ojos de la sociedad.

El poder no se fragmenta, no se presta ni se brinda en bandeja de plata.

Se construye desde el pie, y eso es lo que vienen haciendo, a su modo y con sus herramientas, tanto Cristina como Alberto desde la noche misma de las PASO.

El poder termina definiéndose no sólo por la naturaleza de quien lo ejerce sino también por las condiciones en que debe ir configurándose. Potencia y limitaciones le dan el sesgo de identidad.

En el subsuelo de la definición corren ríos de lava que van horadando los caminos interiores y que no tardarán en ver la luz. Cada tanto emerge un geiser que denuncia la fricción y permite mirar el futuro de una tautología que define la próxima grieta: el poder es el poder.

Y no es posible ejercerlo sin oposición.

Sólo queda saber cómo se define la batalla y quien obtiene la pírrica victoria. “¿Morirá Hyde en el patíbulo, o encontrará el valor para liberarse en el último momento? Sólo Dios lo sabe…”

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