EL MIEDO A PERDER, EL PRINCIPAL CONSEJERO DE CAMPAÑA

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El gobierno y la oposición llegan a la elección de hoy aterrados por perder. El sueño fugaz de las terceras fuerzas. (Ignacio Zuleta)

La incertidumbre sobre el resultado final de las PASO de hoy tiene su razón en la dialéctica negativa que embarga a los protagonistas. El Gobierno y la oposición peronista llegan a esta fecha aterrados por perder, antes que encendidos por la confianza de que tienen candidatos y estrategias para ganar. Más un sálvese quien pueda que una epopeya. Cambiemos eligió a Pichetto de vice, porque Macri teme perder. Cristina se puso detrás de Alberto porque teme perder. Lavagna se retiró de la mesa de los alternativos y federales porque temía perder en la interna que le ofrecían. Massa capituló en el Instituto Patria porque temía perder ante el irresistible ascenso de Lavagna en aquella mesa. Juan Schiaretti, el peronista más poderoso de la Argentina, se apartó de la pelea presidencial… porque temía perder.

Con este ánimo, unos y otros disputan no tanto la botonera del poder, sino la ilusión de representar dos sistemas políticos contrarios. El que intentó imponer Cambiemos en 2015; el que busca reponer el peronismo para desbaratar lo que sus plumíferos llaman “la restauración conservadora”. Es difícil ver estas elecciones como una confrontación de titanes; se parece más a un sálvese sin pueda, dicho con toda ternura. Quizás la política siempre haya sido más una pelea de desesperados en fuga hacia el futuro, que esa pelea de titanes que buscan relatar los protagonistas. Con esta acumulación de negatividades, quien gane estas elecciones tiene derecho a festejarlo como una proeza de cumplimiento casi imposible. El ánimo en los cuarteles de campaña este fin de semana era, como si se copiasen los argumentos, esperar que algún elemento sorpresivo e inesperado volcase las cosas en su favor.

El sueño fugaz de las terceras fuerzas

Los dos movimientos fueron la respuesta para hundir en la cuna lo que pudo ser el peronismo alternativo, después del triunfo de Juan Schiaretti en las elecciones por la gobernación del 12 de mayo. En aquel momento parecía ser una liga que amenazaba con romper la polarización de las expectativas, y llevar la disputa a un juego de tres tercios. Un inconveniente para Olivos y para el Instituto Patria. Juntaba en una foto, que fue más que fugaz, al peronista más poderoso de la Argentina, a Pichetto, CEO del sector en el Senado, dos juniors prometedores como Urtubey y Massa y a una estrella de todos los tiempos como Roberto Lavagna. Todos productos de fina cristalería que, mal embalados, estallaron en cuanto el carro se puso a andar. Produjeron una novedad recurrente en la historia del peronismo: un sector republicano que se diferenció del cristinismo del Instituto Patria, que parecía muerto y que nació en los años 80 con el rótulo de Renovación peronista.

El Gobierno se quedó con la marca de ese peronismo republicano: Pichetto. El corolario es que esa nominación reacomoda la polaridad peronismo antiperonismo y encarna algo más confuso. La paridad de fórmulas completa la confusión, porque simplifica en extremo la oferta electoral para las presidenciales. Como nunca, los que quedan fuera de esa polaridad son de palo. También presume el Gobierno de haber puesto en el aire más de un millar de productos audiovisuales de campaña, con la fórmula presidencial y sus aliados en los distritos. Contrastan ese número con los muy pocos avisos que produjo la oposición para la fórmula F&F. Tampoco hubo frenesí de campañas informales en vía pública. Un indicador: el 7 de agosto fue San Cayetano, una clásica oportunidad de hacer oposición callejera, y casi ni se notó. Esto hace pensar que las esperanzas se concentran en las redes y en las martingalas de boleta corta o boleta larga.

Los dos tambalean en el dominio territorial

El pico de la confrontación que es estas PASO encuentra al oficialismo y a la oposición con sus activos revisados. El liderazgo del Gobierno, Macri, tambaleó hace un par de meses cuando creyó que era viable un cambio de la fórmula – sin él, claro -. Se recuperó y su fuerza desandó una caída que tuvo el primer tropiezo en la última semana con la crisis china, que movió el dólar hacia arriba en el peor momento. El liderazgo de la oposición, por deserción del peronismo del interior que lidera Juan Schiaretti, le dejó la candidatura presidencial del conjunto, al peronismo de la provincia de Buenos Aires, en la figura de Cristina. Esa representación de todo el peronismo es una novedad, porque ni cuando era presidente ella había logrado – pese a que manejaba lapicera y caja -poner al partido detrás de ella. La necesidad de pelear como sea el poder, les hizo a las dos fórmulas esconder la discusión sobre el programa, el segundo elemento de toda acción política.

El Gobierno distrajo con las promesas de continuidad de un plan económico, pero también validó los discursos de capitalismo nacional y popular del candidato Pichetto. De la misma manera, el peronismo silenció el debate sobre la economía posible entre Alberto y Kicillof. La tercera pata de un armado político es el dominio territorial, y es donde está la novedad central de las dos fuerzas. El oficialismo sufrió derrotas en ciudades importantes, en donde antes había probado su control del voto urbano; perdió elecciones en cuatro de ellas: Córdoba, Santa Fe, Paraná y Santa Rosa. Una advertencia después de años de identificación con las mayorías de esos distritos.

El peronismo tiene también su trizamiento en el armado territorial con las provincias que ya votaron gobiernos locales, pero donde el propio peronismo va con lista corta a candidatos nacionales. Ese peronismo se desentiende de la pelea nacional, como lo hizo en 1999 con Eduardo Duhalde, y deja librada a su suerte a la fórmula nacional. Así se explican encuentros como la cena del miércoles en Misiones en donde el gobernador Passalacqua, que va con lista corta en representación de un frente cívico y social que contiene a peronistas y radicales, cenó con Pichetto y el presidente del Pro nacional, Humberto Schiavoni. Compartieron unas alegres pastas –plato predilecto del rionegrino- como si no hubiera, en pocas horas más, una elección clave como la de hoy.

La patraña de mostrarse como la calle vs. el aparato

Esperable que esta pelea de desesperados por no perder, les diera el formato a las campañas, que han dejado de repicar, felizmente, en las últimas horas. Oficialismo y oposición emplearon el mismo formato conceptual para apalancar el proselitismo, en la dialéctica de la calle versus el aparato. El oficialismo se muestra como el mejor lector del inconsciente colectivo, invisible desde los mecanismos convencionales de los partidos. Se presenta como la calle que enfrenta al aparato de la vieja política, enquistado en los partidos. Con esa mirada, elige a un Pichetto, un dirigente de superficie del peronismo – partido de la oposición -. Intenta transmitir que la pelea es gobierno contra no-gobierno.

Cuando le preguntaron a uno de los coroneles de la campaña de Juntos por el Cambio cómo abordaban la captura del voto peronista en la campaña, le señaló a un visitante al comando de la calle Balcarce, una pecera vidriada en la que trabajaba una veintena de jóvenes: “¿Ves esos pendejos? Son los que hacen la campaña y ninguno sabe quién fue Perón”. El peronismo, del otro lado, también se inviste como representante de la calle, con un tipo común que pasea el perro (Alberto) que enfrenta al aparato, digamos el FMI.

Debilidades encadenadas

La debilidad de los actores está a la altura de la debilidad del sistema político criollo, en crisis desde hace 20 años, y que produce novedades. Como la de 2015, cuando después de 100 años de elecciones presidenciales según el sistema de la ley Sáenz Peña, ganó por primera vez un presidente que no era ni radical ni peronista. O que en 2019 termine su mandato el primer presidente no peronista después de 90 años.

La debilidad la prueba que admitan todos ir a la pelea con un instrumento tan resbaladizo, caro e ineficiente como la ley de PASO. La criticaron todos: Cristina de Kirchner al perder en 2015 y el macrismo al ganar después de esa fecha. Sus legisladores dominan el Congreso pero no se animaron a derogarla y desbaratar el principal daño de esta norma, que es la estatización de las internas partidarias.

El gobierno peronista impuso la ley en 2009 como una revancha a la derrota de la lista Kirchner-Scioli-Massa ante De Narváez en la provincia de Buenos en 2009. Se justificó en la necesidad de ordenar el mapa político. La intención real fue castigar al traidor que se va con otros después de perder la interna. Se les aplicó a los partidos la solución tópica de los regímenes autoritarios: la estatización de algo que hasta entonces pertenecía a la vida privada de los partidos. Esta estatización hay que anotarla en la serie de las estatizaciones caras de aquella época, como la de YPF o de la empresa que debía imprimir billetes, etc. Encarecieron lo que se compraba y todavía se rastrean las tramas corruptas que pudieron desencadenarlas.

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