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Published on junio 1st, 2018 | by concordia7

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EEUU: O COMO PASAR DE SER GOBERNADOS POR EL TIO RICO A “LOS TRES CHIFLADOS”

En el Russiagate, Trump gana la única batalla que le importa: la mediática. La investigación avanza a pasos agigantados, pero las bases del partido siguen con Trump. -Hernán Sarquis-

La noche del 20 de octubre de 1973 Richard M. Nixon, presidente de Estados Unidos, ordenó a su Fiscal General Elliot Richardson que echara al procurador especial Archibald Cox, quien estaba investigando el caso Watergate. Richardson se negó y renunció en el acto a su cargo, tras lo cual el vicefiscal William Ruckelshaus quedó a cargo del Departamento de Justicia, gusto que le duró tan solo unos minutos pues Nixon repitió la orden y éste también renunció.

El tercero en la línea de mando del Departamento, Robert Bork, y ante la recomendación de su exjefe Richardson, accedió a cumplir los deseos del mandatario. A esa sucesión de hechos se le conoce como la masacre del sábado por la noche, y fue el momento en que la opinión pública, de manera masiva, se volteó contra Nixon. El 9 de agosto de 1974 Nixon se vio forzado a presentar su renuncia ante la amenaza de ser removido por el Congreso.

Hoy Donald Trump está luchando la guerra legal de su vida en su campo de batalla favorito, el mediático. Hace unas semanas se filtró que Trump había pedido mejores “abogados de la tele”, ante la catastrófica actuación que su nuevo abogado, el exalcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, estaba haciendo como su defensor ante las cámaras.

A diferencia de Trump, Richard Nixon no entendía a los medios, error que le costó su primera elección cuando el magnético John F. Kennedy -perfectamente peinado y maquillado- devastó a un sudoroso Nixon en el primer debate televisado en la historia.

En cambio, Trump es un experto manipulador del poder mediático que sabe cómo colocar un tema para distraer de otro; sabe armar una narrativa a su gusto, a pesar de que su visión o estrategia no vaya más lejos que las próximas 24 horas. Todas las mañanas Donald Trump se levanta como si ese fuera su primer y último día en el planeta tierra y su misión fuera conquistar el ciclo actual de noticias, y desde junio de 2015 lo ha logrado con increíble efectividad.

Hace unos días la corresponsal y reportera veterana de la CBS Leslie Stahl narró cómo en 2016 Trump le explicó sin tapujos su estrategia mediática. “Le dije ‘sabes, se está haciendo muy cansado esto. ¿Por qué lo haces?'”, le preguntó Stahl al entonces candidato, en referencia a sus constantes ataques contra la prensa.

“¿Sabes por qué lo hago?”, respondió Trump, “Lo hago para desacreditarlos y humillarlos a todos ustedes, para que cuando escriban notas negativas sobre mí, nadie les crea”, recordó la periodista.

Es la misma estrategia que Trump ha disparado contra su propio Departamento de Justicia: acusarlos a todos de ser corruptos.

Está funcionando. En poco más de un año la investigación que conduce el ex director del FBI Robert S. Mueller III ha acusado a 22 personas por interferir de manera ilegal en las elecciones presidenciales a favor de Donald Trump. Cuatro de los acusados fueron colaboradores cercanos del presidente durante la elección. El ex director de campaña Paul Manafort, su compinche Rick Gates-quien ya se declaró culpable y está colaborando con Mueller; George Papadopoulos, asesor de asuntos internacionales de Trump durante la campaña que también se declaró culpable; y Michael Flynn, miembro del gabinete presidencial al arranque de la administración, también confesó y está colaborando con los investigadores.

Es ineludible que existió actividad criminal durante la campaña. Por si fuera poco, se sabe de cierto que Manafort, Donald Trump Jr. y Jared Kushner, hijo y yerno del presidente, se reunieron con representantes del Gobierno ruso que les habían prometido información para perjudicar a Hillary Clinton en la campaña. Información que ellos sabían que había sido ilegalmente obtenida por una potencia hostil a Estados Unidos. La respuesta de Trump Jr. a la invitación no fue contactar al FBI. El hijo del presidente respondió “me encanta” y concertó la cita.

Trump Jr. se reunió además con emisarios de por lo menos dos príncipes árabes durante la campaña que también querían ayudar a su papá a llegar a la Casa Blanca. Presente en dicha reunión estaba Erick Prince, dueño del grupo paramilitar privado Blackwater que opera servicios de seguridad en lugares como Irak y Afganistán. Prince es también -improbable casualidad- hermano de la actual secretaria de Educación Betsy Devos.

También sabemos que Michael Cohen, abogado personal y “arreglador” de problemas incómodos de Trump, “vendió” acceso al presidente por cientos de miles de dólares. El Gobierno de Ucrania, por ejemplo, pagó $400,000 dólares a Cohen a cambio de que organizara una reunión con el presidente. Hoy el abogado y asociado de Trump está bajo investigación de uno de los fiscales federales en New York.

Por si fuera poco la comunidad de inteligencia de EU en su conjunto llegó a la conclusión de que Rusia colaboró con el triunfo de Donald J. Trump. No es una hipótesis. No es teoría de la conspiración. Es un hecho.

A pesar de todo lo anterior, del avance incuestionable del caso Rusia, una encuesta reciente indica que 59% de los estadounidenses no tienen idea de que la investigación ha desenmascarado crímenes y que ya hay 22 indiciados y cuatro criminales confesos en la órbita del presidente. No saben que colaboradores de Trump ya se declararon culpables de diferentes cargos, entre ellos mentir a investigadores federales, lavado de dinero, y el más escandaloso: conspirar en contra los Estados Unidos.

Cuarenta y cuatro porciento indicó que es momento de dejar atrás la elección de 2016, y que si Mueller no termina pronto, el Congreso o el mismo presidente debían cerrar el asunto.

A diferencia del Trump empresario de los ochenta que jugaba con los reporteros del corazón en NYC, el Trump presidente tiene a su disposición una de las armas más poderosas en la historia de la política estadounidense: Fox News. Todos los días, docenas de comentaristas alineados con la narrativa presidencial acusan a Mueller, al FBI y al Departamento de Justicia de corrupción y partidismo. Todas las semanas Trump lanza un nuevo tuit donde asegura que Mueller y su equipo son demócratas que trabajan para Obama, quien dejó la presidencia hace más de un año, para acabarlo.

Y luego está el #Spygate, término que Trump desenterró de la administración W. Bush, cuando se usó para cubrir el caso de la espía Valerie Plame, y le dio nueva vida. El presidente está impulsando la versión de que Barack Obama y el FBI “infiltraron” su campaña presidencial con un espía para perjudicarlo y favorecer a Hillary Clinton. De acuerdo con el Departamento de Justicia, lo que ocurrió es que el FBI tenía información respecto a la intromisión de agentes del Kremlin en la campaña del presidente, algo que ha sido comprobado, por lo cual enviaron a un informante a recabar información, no a espiar a Trump por motivos políticos.

Los esfuerzos mediáticos del presidente han recibido apoyo en el Congreso. Si bien los líderes del Partido Republicano Paul Ryan y Mitch McConnell se han mantenido al margen del caso, el presidente de la Comisión de Inteligencia en la Asamblea, Devin Nunes, es un muy vocal porrista del mandatario y fue el autor del ya célebre reporte que, a pesar de las confesiones de algunos de los involucrados, concluyó que no hubo colusión en la elección.

Otra encuesta elaborada por CNN sugiere que, entre los partidarios del Partido Republicano, sólo el 44% está de acuerdo con el manejo de la investigación Mueller, y únicamente el 39% de los republicanos considera que Trump debe testificar ante el investigador especial. Es decir, Trump tiene todo el apoyo de su partido, y mientras eso continúe difícilmente veremos pronunciamientos o severidad por parte de los republicanos en el Congreso.

Lo que ocurre con una investigación criminal contra el presidente es un asunto político, no judicial. Aún si Mueller concluye que el presidente actuó de forma criminal durante la elección, el Congreso puede escoger no hacer nada al respecto, sobre todo si las bases del partido creen que el presidente es inocente y la Justicia está intentando acabar con él por motivos políticos.

Es por esta misma razón que Trump se ha aguantado las ganas de echar al Fiscal General Jeff Sessions, al vicefiscal Rod Rosenstein y al propio Mueller: entendió las lecciones de Nixon y su apuesta es derrotar a Mueller en la tele y en Twitter, no en los juzgados. Queda ver hasta dónde llegará la solidez de las instituciones estadounidenses ante una amenaza que los padres fundadores ni soñaban.


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