DEVORADOS POR LA GRIETA

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La grieta tiene una historia y un contexto; también tiene una definición. ¿Tiene salida?. Veamos.(JOSÉ NATANSON-LE MONDE DIPLOMATIQUE)

Por la naturaleza desequilibrada de su estructura productiva, la economía argentina no produce de manera genuina –es decir mediante exportaciones– los dólares que necesita para funcionar. Así, tras un cierto período de crecimiento, las necesidades de divisas de la industria, el turismo y la energía superan los superávits del campo, dando origen a la temida restricción externa. Esto frena el crecimiento, dispara la devaluación y estimula la inflación (y el conflicto social). Países con mejores dotaciones de recursos naturales (Chile y su cobre) o con patrones de consumo más modestos (Brasil y su desigualdad) logran evitar este estilo de desarrollo entrecortado, esta sucesión de stops and goes que caracteriza a la economía argentina.

El resultado es la dificultad para consensuar un modelo de desarrollo, un conjunto mínimo de políticas que, más allá del sesgo que le imprima cada gobierno, logren preservarse en el tiempo: en contraste con el liberalismo chileno y el desarrollismo brasilero, nuestro país arrastra una puja irresuelta entre la tradición liberal y la nacional-popular. Y aunque quizás resulte exagerada la idea de una continuidad perfecta de un solo conflicto cuyo origen se remonta al nacimiento mismo de las Provincias Unidas del Río de la Plata y que luego fue adquiriendo diferentes nombres (unitarios vs. federales, liberales vs. conservadores, peronistas vs gorilas), como declinaciones testarudas de una única disputa, un repaso a vuelo rasante por nuestra historia confirma esta evolución dicotómica y conflictiva, en la que el cambio se tramita por sucesivas rupturas. No hay un hilo invisible de la Revolución de Mayo a Intratables, pero sí un choque recurrente de proyectos y una ostensible dificultad para sostener colectivamente los cambios. Esa es la historia de la grieta.

El contexto, que excede a la Argentina, es el de la reconfiguración del ecosistema mediático. Durante la etapa de la televisión y la radio de masas, cuando la comunicación audiovisual se limitaba a cuatro o cinco canales de aire y un puñado de emisoras AM, programadores y editorialistas se veían obligados a asumir posiciones ideológicas más amplias –o más moderadas– para interpelar a universos extendidos. La aparición de la FM, su posterior transformación de estaciones musicales en pequeñas AM, más tarde la llegada del cable y por último la aparición de los portales web multiplicó los emisores y produjo una fragmentación de las audiencias (1). Con cinco canales de noticias 24 horas y ocho diarios de circulación nacional para sus escasos 44 millones de habitantes, Argentina es un ejemplo perfecto de la necesidad de los medios de disputar el mercado en un contexto de hipersegmentación del público, creando así grupos de audiencias más chicos que a su vez componen mundos ideológicos alejados entre sí.

Desde su masificación hace unos diez años, las redes sociales marcaron el paso de la hipersegmentación a la hiperpersonalización, reforzando este sesgo. Como explica Natalia Zuazo (2), las redes son, en esencia, empresas de publicidad cuya rentabilidad depende de que pasemos dentro de ellas la mayor cantidad de tiempo posible, lo que las lleva a ofrecernos información que nos haga sentir “cognitivamente cómodos”, es decir información con la que estemos de acuerdo. Aplicando la lógica predictiva, el algoritmo nos encasilla y nos radicaliza, sumergiéndonos en un mundo en el que todos piensan como nosotros.

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¿Qué es la grieta? La grieta es una forma de gobernar la Argentina desde una minoría intensa. Es un estilo de ejercicio del poder, un modelo de gobernanza. Como sostienen Martín Rodríguez y Pablo Touzon, los dos analistas que mejor han trabajado el tema (3), su origen puede rastrearse al posconflicto del campo, cuando un kirchnerismo súbitamente reducido en sus apoyos, golpeado por la Resolución 125 y la derrota electoral, logró reconstruir su legitimidad a partir de una sucesión de audaces reformas en clave progresista: estatización de las AFJP, Ley de Matrimonio Igualitario, Asignación Universal por Hijo, Bicentenario. Más que una radicalización, estas iniciativas permitieron incorporar a otros sectores, sumar temas y novedades, hasta finalmente recuperar la “capacidad hegemónica” perdida.

Esta etapa, breve y casi podríamos decir positiva de la grieta, fue dando lugar a un largo período en el que la polarización se fue tornando cada vez más inviable. El kirchnerismo perdió todos los comicios posteriores a la reelección de Cristina, en tanto el macrismo encontró en la grieta la forma de imponer su programa regresivo de reforma socioeconómica: su estrategia apunta a ganar el ballottage para luego replegarse nuevamente a su núcleo minoritario de votantes antiperonistas. Así, convertida en filosofía de Estado, la grieta le permite a un gobierno minoritario retener el poder, e incluso ganar elecciones, pero no alcanza para emprender reformas profundas y sostenibles, sean de izquierda o de derecha: las dificultades de Cristina para concretar sus últimas iniciativas (democratización de la justicia, implementación de la Ley de Medios, memorándum con Irán) y del macrismo (reforma laboral, tributaria, previsional) así lo demuestran. La grieta es una apuesta a conservar el poder a cambio de paralizar la gestión: implica, en definitiva, resignar la voluntad de cambio.

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La judicialización de la política acentúa la polarización. En efecto, la intromisión de los tribunales en cuestiones antes reservadas a los políticos, el oscuro protagonismo de los servicios de inteligencia y la multiplicación de ex funcionarios presos hacen que la disputa por el poder ya no sea sólo una disputa por el poder: los políticos se juegan también su prestigio y su libertad, con el lógico resultado de que estén dispuestos a hacer más cosas que antes para retenerlo (resulta curioso que los dirigentes macristas que festejan este fenómeno no perciban que en cualquier momento se les puede volver en contra). En este contexto, la política adquiere un plus de dramatismo que ensancha la grieta.

Un vistazo a los medios de comunicación, las noches excitadas del cable y las redes parecería indicar que la atmósfera política sigue dominada por la polarización. Las encuestas muestran un panorama congelado: las últimas hablan de un oficialismo que viene achicándose conforme se profundizan la recesión y el deterioro social pero que aún conserva el apoyo de un 25% de la sociedad, y un kirchnerismo que en las últimas semanas ha logrado sumar voluntades y reducir sus niveles de rechazo pero que todavía está muy lejos de representar a una mayoría: el techo de Cristina como la principal obra pública del gobierno.

¿Podrán el macrismo o el kirchnerismo sacarnos de la grieta? El gobierno claramente lo ha descartado, tal como confirma su estrategia de compensar la total ausencia de avances materiales con un giro punitivista y un discurso antiperonista cada vez más tosco. Grieta o nada. Cristina, en cambio, lo intenta con una serie de gestos de reconciliación, apertura y unidad, aunque su entorno no siempre la ayude y aunque al menos un sector de quienes desconfían de ella difícilmente aceptarán sin más esta versión edulcorada de su liderazgo.

A Roberto Lavagna, por último, le alcanzó con una foto en sandalias y dos almuerzos para generar una expectativa que no se veía desde la aventura de Sergio Massa en 2013. Más allá de la valoración que cada uno pueda hacerse de su figura, Lavagna reúne algunas cualidades que podrían convertirlo en “el hombre de la hora”, con la aclaración de que en Argentina la hora puede durar dos minutos: gestionó la economía en el peor momento de la crisis, es peronista pero parece radical y mantiene el nivel de interlocución con sindicatos y empresarios necesario como para encarar el dichoso “pacto social”. Lavagna es un Duhalde más viejo que no necesita proclamar que no aspirará a la reelección y que por lo tanto podría liderar una gestión ordenadora, de transición, que abra el espacio para un nuevo liderazgo. El problema es que ninguna encuesta le asigna una intención de voto cercana a la de Macri o Cristina: Lavagna es muchas cosas pero no es todavía una demanda social.

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Hay dos formas de establecer políticas que trasciendan a un gobierno y se conviertan en activos sociales permanentes. La primera es la imposición por parte de una fuerza hegemónica de una decisión que al comienzo es resistida por la oposición pero que finalmente, como resultado del apoyo social que concita, es adoptada como política de Estado. Señalemos como ejemplos la resolución pacífica de los diferendos limítrofes con los países vecinos durante el alfonsinismo, la gestión privada de los servicios públicos durante el menemismo y la administración estatal de los fondos de pensión durante el kirchnerismo (salvo tal vez las low cost, resulta difícil pensar en alguna decisión de estas características adoptada por el macrismo). La segunda vía, la “vía Moncloa”, es un pacto amplio que incluya a más de un partido. También hay ejemplos: el rechazo a las asonadas carapintadas y el respaldo a la democracia durante el alfonsinismo, el Pacto de Olivos durante el menemismo, los acuerdos parlamentarios para salir de la crisis durante el duhaldismo y la AUH durante el kirchnerismo.

La cantidad y la magnitud de los problemas que le esperan al ganador de las presidenciales, que heredará un país empobrecido, sumido en la recesión y con una deuda explosiva, hacen pensar en la necesidad de un acuerdo que contenga a diversos sectores económicos, políticos y sociales. La polarización, ya lo dijimos, puede ser una estrategia eficaz para retener el poder pero no para modificar la realidad, tarea a la que el nuevo gobierno deberá abocarse sin dilaciones, antes de que la grieta nos despedace a todos.

  1. Jorge Fontevecchia, “La polarización”, www.perfil.com/noticias/columnistas/la-polarizacion.phtml
  2. Ver nota en páginas 6 y 7.
  3. Su libro sobre el tema, La grieta desnuda. El macrismo y su época, será publicado en mayo por Capital Intelectual.
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