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NACIONAL

Published on febrero 5th, 2018 | by concordia7

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CUANDO EL PODER HACE LOBBY SOBRE EL PODER

El economista papal, el enviado de Trump y otro ruido interno en Cambiemos. (Ignacio Zuleta)

Jeffrey Sachs, de Columbia a sus consejos a Dujovne. La obsesión de Tillerson con Venezuela. Y queja radical por Transener.

El consejero del Papa que aconsejó a Dujovne

En las últimas horas, el imperio sometió a examen al Gobierno en varias sedes. El más discreto y eficiente ocurrió el viernes en la reunión que tuvo, casi a escondidas, el economista Jeffrey Sachs con el ministro Nicolás Dujovne. Habían participado los dos de la primera reunión global grande del año, la del llamado T20, que reúne a los think tank que participan del tour criollo del G20, cuya cumbre se hará a fin de año.

Sachs llegó con un mensaje a la carta. En la reunión del T20 en el Palacio San Martín, organizada por el CARI y el CIPPEC, hizo un alegato ambientalista que incluyó una condena a la explotación de hidrocarburos. Se rió hasta del hombre del yacimiento-panacea “Vaca Muerta” –“nadie explota algo con ese nombre”, ironizó para horror de muchos de los presentes, que esperaban un mensaje más ortodoxo–.

Sachs, deberían recordar, es uno de los “Laudatos” –como se llaman a sí mismos los francisquistas, por la encíclica “Laudato Si”– más consultados por El Vaticano.

El año pasado, me dijo Sachs, estuvo más de diez veces en Roma, para reuniones y seminarios sobre sus especialidades, que son hoy la economía sustentable, la protección del medio ambiente, y la ética y la economía.

Sachs trabaja desde hace casi 20 años con el Vaticano, de la mano del obispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo, que es canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias. Es el enlace del Vaticano con la secretaría de la ONU, a la que Sachs sirve desde los tiempos de Koffi Annan, para quien formuló las llamadas “metas del Milenio”.

Suele venir en misiones papales a la Argentina, como lo hizo en octubre pasado para verse con sindicalistas francisquistas. A fines de año organizó dos seminarios en Roma en los que habló junto a Juan Grabois y al sacerdote y mentor bergoglista, el jesuita Juan Carlos Scannone.

La Justicia Climática amenaza con juicios a empresas

En la cumbre sobre “Ética en Acción” de noviembre pesado en el Vaticano, Sachs elaboró junto a Sánchez Sorondo un plan de Justicia Climática que intima a los depredadores ambientales con litigios para pagar los daños. Para EE.UU., el no cumplimiento de norma de control le ha costado ya US$265.000 millones. Cada actividad tiene un costo ambiental y lo que haga para reducirlo es invalorable.

Alejandro Tullio, encargado de las elecciones del Correo, por ejemplo, gestiona el cálculo del “carbon print” –el costo en emisiones de carbono– del actual sistema electoral, que consume mucho papel. Será un argumento para usar en favor de tecnologías informatizadas que el peronismo rechaza. Tiene previsto otro seminario en marzo próximo, al que ha invitado a Grabois, pero éste se ha disculpado. No irá. Tampoco lo vio en este viaje, porque el activista de la economía popular estaba en el Sur. También suspendió un asado que tenía agendado con otro referente de Francisco, Luis Liberman, que construye la Universidad del Agua auspiciado por el Papa de los católicos y el papá de Aysa, José Luis Lingeri.

Sachs se define como un seguidor del magisterio social de la Iglesia, aunque no practica ninguna religión, fue formado en una familia judía de Detroit. Se dice un experto en León XIII, creador de la llamada doctrina social de la Iglesia en la encíclica Rerum Novarum, que es donde asegura inspirarse el peronismo cuando quiere mostrar que no todo es Cavallo o Kicillof, para mentar los extremos de tan elástica formación política. Sachs me dijo que Jorge Bergoglio es el seguidor más fiel de León XIII.

“El Papa nunca pregunta sobre la economía de la Argentina”

En ese diálogo, Dujovne y Sachs hicieron un torneo de macroeconomía de alto nivel. El ministro le explicó el programa que, hasta donde se sabe, fue saludado por el visitante que repreguntaba con conocimiento. Ha sido consultor en la Argentina y va por el mundo como consejero de emergentes y emergidos. Apoyó expresamente el gradualismo de la agenda del Gobierno. Del Papa, del petróleo, del fracking, de la economía sustentable, ni palabra. Como es un consultor profesional, no da consejos si no se los piden. Por ejemplo, dice que con Francisco nunca habla de la Argentina ni el Papa le ha preguntado nunca sobre la marcha de la economía argentina.

A Dujovne apenas le dio una sugerencia, que hable mucho con Felipe Larraín, el que fue ministro de Hacienda de Sebastián Piñera en su primera presidencia, y que reasumirá en marzo próximo en la misma oficina. Este Larraín es un Harvard boy que hizo leyenda como recuperador de la economía de Chile con el pedal del terremoto de 2010. Los cataclismos naturales, como las guerras, son disparadores del desarrollo; nadie los desea, pero es así, y por eso Larraín vuelve al gobierno.

Este economista es visitante frecuente de la Argentina, adonde es consultado por empresarios y en algún momento por el propio Macri. Estuvo el año pasado con Dujovne en el mini Davos y también pasó por la reunión anual de los ejecutivos de finanzas (IAEF) en Bariloche. Es un ortodoxo de aquellos, y ha sido alumno de Sachs, con quien escribió un manual clásico que firman los dos y que se usa en la facultad (“Macroeconomía en la economía global”, Ed. Pearson, 2002). Un campeón este Sachs, heterodoxo en el think tank y ortodoxo en el despacho de Dujovne. Eso es jugar con las dos piernas.

Venezuela, pretexto para hacer campaña

Ese mismo viernes, en otro examen en Bruselas, la delegación argentina que negocia el acuerdo de comercio económico entre el Mercosur y la Unión Europea, hizo el último intento para que a fines de febrero se firme este compromiso en Asunción del Paraguay. Los agentes del trámite fueron Miguel Braun y Horacio Reyser; a mitad de semana se volvieron a Buenos Aires sus jefes, Jorge Faurie y Francisco Cabrera. Le trajeron a Macri la noticia de que la fecha se sostiene, y que tenga la valija preparada porque algo va a pasar.

El dúo se sumó el fin de semana al almuerzo-examen a que sometió Rex Tillerson a medio gabinete, en el Palacio San Martín. El evento fue blindado a nivel Netanyahu, el premier israelí, que cuando vino, hasta la ofrenda floral se hizo ahí, bajo techo, para no exponerlos en descubierto en la plaza, lo usual en el caso de otros viajeros ilustres. No fue una negociación –si hay algo parecido a eso será este lunes, cuando el canciller de Donald Trump visite a Macri en Olivos–, pero sí un semblanteo protocolar, estimulado por una rareza para ese suntuoso palacio, como fue el asado de los Petersen, que alimentan a los vientres mejor atendidos del país, en la Rural y en otros banquetes.

El visitante vino a interesar al Gobierno en que lo acompañe con más vehemencia en un plan para Venezuela. Al Gobierno le gusta esta bandera, porque ese país y el régimen chavista de Nicolás Maduro fueron la columna vertebral de la diplomacia kirchnerista, y todo lo que hiera a ese emblema le suma al Gobierno. Venezuela es hoy símbolo de embajada paralela, de préstamos oscuros al 17% en dólares, de fideicomisos más oscuros aún, y de frivolidad extrema, como escucharle a Caracas propuestas para las relaciones con Irán.

Los seguimos, pero con límites, dicen en la Cancillería, porque a Washington le gustaría aceptar el plan de la oposición a Maduro y precipitar una intervención más dura. El gobierno de Macri sabe que estas banderas de afuera hay que usarlas con cuentagotas; te sirven para esmerilar al peronismo culposo, pero si se te va la mano, se te malviniza todo en contra. Además, el formato de la diplomacia argentina frente a EE.UU. es comercial, por eso nombró a un empresario de limones de embajador, y no un político que hable de Venezuela, como haría un hombre de carrera. En ese país lo comercial pasa por otros ministerios, no por la Secretaría de Estado.

El peronismo intenta cumbre nacional para preparar el 2019

El interés en Venezuela es para EE.UU. y para Argentina un producto de consumo interno, para aferrar el apoyo del público que votó a los dos gobiernos. Acá ya sonó la campana de largada y lo prueban los movimientos de la última semana del peronismo K –detrás de los cristales ahumados, porque es difícil ver lo que hacen, de escondedores que son–, en torno a la convocatoria a una cumbre de todas las tribus del partido a San Luis para el próximo 11 de marzo.

Se tejió ese pergeño entre el martes pasado y el sábado. El martes se reunieron en San Luis el gobernador Alberto Rodríguez Saá con Jorge Capitanich, intendente de Resistencia. El pretexto era invitarlo a Alberto a que este fin de semana se sumase a los festejos por los 140 años de la fundación de la capital chaqueña. Además, exaltar sus condiciones artísticas, que las expresa a través de la escultura. Resistencia, ya se sabe, es la capital nacional de la escultura, especialidad a la que dedica fechas de relieve internacional (premios, jornadas, muestras al aire libre). En la cita, en la que Alberto se hizo acompañar por otro ex mandatario peronista y ex ministro suyo, José María Vernet, diseñaron el programa de este sector del peronismo.

Lo vamos a sintetizar en tres puntos: 1) Hay 2019, o sea rechazar el dictamen de Juan Schiaretti de que el peronismo tiene que mirar a 2023, porque hay una reelección asegurada de Macri. En esto, sin decirlo, coinciden con parte del peronismo territorial que se nuclea en torno al gobernador de Córdoba y el de Salta de Juan Manuel Urtubey, que en el Senado tiene bocina a través de Miguel Pichetto. 2) llamar a una PASO nacional de los tres sectores en que se divide el peronismo: los territoriales, el cristianismo y el peronismo oportunista, los dirigentes que esperan que todos tomen posiciones para decidir su apoyo.

El proyecto es bloquear un triunfo de Macri en primera vuelta. Por eso, si esas PASO no son posibles –que es lo más probable porque Cristina de Kirchner insistirá en Buenos Aires en ir sola a elecciones en su partido, que le reportó 37% de los votos en ese distrito–, el punto 3) es potenciar la fragmentación de la oposición, abriendo ventanillas a las elecciones legislativas para todos los gustos, y así impedir que Macri gane en primera vuelta. Si algún candidato peronista entra en el balotaje, creen que hay alguna chance de pelear de nuevo el poder.

El sábado pasado, siguió el encuentro con un debate al que se sumaron, en el hotel Amerian de Resistencia, Verónica Magario, jefa de la FAM –Federación Argentina y Municipios– y un grupo de intendentes y legisladores de Buenos Aires, como “Paco” Durañona, Mario Secco y el Pinedo peronista –Mariano–, que es diputado provincial. Esta banda apoya una candidatura de Magario a gobernadora, y se entusiasmó con la convocatoria del 11 de marzo, que coincidirá con los 45 años del triunfo de Héctor Cámpora en las elecciones presidenciales de 1973. Este arco surge en contraste con el peronismo de los gobernadores, y se desentiende tácticamente de Cristina, campeona en el arte de las escondidas, que también es una ciencia, con quien Alberto y Capitanich dicen no haber hablado nada sobre esta convocatoria, ni sobre la cita marcista –así se los llamaba en broma hace 45 años a quienes se sumaban a las filas del camporismo triunfante el 11 de marzo–.

Esclavos de la dialéctica negativa

Esta aparición de dos peronistas apartados de quien aporta gobernabilidad al Gobierno, con una estrategia de bloquearle todas las iniciativas, adelanta la agenda electoral hacia 2019. El Gobierno sostiene su estrategia de 2015, que es mantener el Partido del Balotaje.

Ese pergeño que hizo presidente a Macri tiene sus pilares en la identificación con el voto moderado de los grandes distritos, cuyo dominio electoral le ha arrebatado al peronismo. Cambiemos tiene sus mejores chances en las provincias en las que se acumulan la mayor cantidad de votos. El 73% de los votos totales se recoge en siete distritos: Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, CABA, Mendoza, Tucumán y Entre Ríos. En todas ellas Cambiemos domina, salvo Tucumán. En eso basa Cambiemos su trípode estratégico: el territorio –explicado más arriba–; el liderazgo no discutido de Macri y un programa que, pese a los tumultos, ninguno de los partidos discute.

El déficit del peronismo es intentar construir un liderazgo en 18 meses, algo que no ha tenido desde que salió Carlos Menem del escenario hace 20 años. Desde entonces, ha habido mandos circunstanciales y negociados, como el del matrimonio Kirchner, que no pudieron armar una conducción que contuviese a la diversidad de los peronismos en un formato de unidad. Cristina, por ejemplo, manda y arrastra para un lado, pero confrontando con otros peronismos, fuera en 2003 el de los Juárez, o en 2015 el de Julián Domínguez. Un modelo de dialéctica negativa que puede servir gobernando, pero que es letal en la oposición. En ese estado interno de confrontación es donde ancla su estrategia Cambiemos.

El eje San Luis-Chaco por lo menos intentará aprovechar la balcanización del peronismo para que las tribus salgan del testimonialismo y sean operativas en un bloqueo del triunfo macrista en primera vuelta. Para eso lanzan la pelea por lograr un esquema que contenga la biodiversidad peruca, algo que Cristina nunca pudo.

Semana crucial para el entuerto con los radicales por Transener

Quedan minucias, que el oficialismo tratará de emparchar este mes. Este miércoles, el directorio de Enarsa recibirá formalmente las renuncias de sus directores, con el gurú radical en materia de Energía, Jorge Lapeña, a la cabeza. Es para una fusión y reordenamiento, que incluirá la venta de las acciones del Estado en Transener, transportadora de energía de alta tensión, que hoy controla el Estado, después de que Macri ordenase la compra de un tramo accionario que fue de la kirchenriana Electroingeniería. Los radicales están furiosos por esa venta. Dicen que es un activo estratégico y que es más rentable en manos del Estado.

Juan José Aranguren –con apoyo del grupo “ojazos” del presidente– dice que el Estado debe regular, no operar, y que se compraron baratas para venderlas caras, porque hay que paliar el déficit. La queja radical lleva la firma, entre otros, del presidente de la UCR Alfredo Cornejo, pero Lapeña se queja de que el gobernador de Mendoza nunca lo ha llamado a él para opinar sobre el pedido de renuncia, que le llegó por mail y hasta con un borrador de lo que tenía que decir y firmar. Las renuncias se recibirán este miércoles y las tiene que tratar el 27 de febrero la Asamblea de Enarsa, que es de un solo accionista, el Estado (en este punto Aranguren puede decir “L’État c’est moi”).

Antes de eso habrá un encierro del gobierno en “Chapa” –que es como llaman en Cambiemos a Chapadmalal, en donde descansó esta semana Gabriela Michetti– y una cumbre de los legisladores radicales. Algo va a pasar antes de esa asamblea, porque si algo no resiste el Partido del Balotaje es un cisma en un punto donde pesa la ideología. Para los radicales el Estado debe tener participación en el transporte de la energía, como en todos los países del mundo, salvo Chile, el país hacia donde el asesor papal Sachs quiere que miremos.


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