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Published on agosto 12th, 2018 | by concordia7

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CUADERNOS Y ABORTO: “PUNTO CERO”

Hubo un registrador obsesivo y, finalmente, cayó una pila de cuadernos fotocopiados, hechos públicos por el gran trabajo de Diego Cabot.  -Beatriz Sarlo-

El asombro tardará en borrarse porque la noticia de esta semana tocó a Angelo Calcaterra, el apresurado arrepentido primo de Macri; a Carlos Wagner, el kirchnerista jefe de la Cámara Argentina de la Construcción, que incluso habría repartido datos para favorecer también los negocios locales de Odebrecht; y nada menos que a Techint, alta etiqueta de la industria.

Se podría decir: están todos y no zafan ni los que pagan y ni los que cobran. No queda títere con cabeza: los que daban, los que recibían, los que sabían que eso estaba sucediendo y no lo denunciaron.

El actual gobierno no se atribuye la hazaña republicana, porque no hizo nada. Le sucedió. Aunque los entendidos digan que, por fin, alguien permitió que un juez actuara.

Si el juez no hubiera actuado, los cuadernos ya estarían en manos de la prensa. Es decir que atajar el escándalo era difícil. Lo primero que se piensa: ¿O sea que eran corruptos como empresarios de un manual ultraizquierdista y confirmaban tesis extremas sobre la inmoralidad del capitalismo?

¿O sea que para conseguir negocios eran capaces de pagar coimas como quien deja una propina sin trascendencia?

¿O sea que todos tenían pilas de billetes en negro para pagar esas coimas?

¿O sea que fingían respetabilidad mientras delinquían?

¿O sea que tenían buenos modales mientras participaban en delitos?

¿O sea que, en países como Argentina, quien no es corrupto (coimero) no llega a las mejores oportunidades?

Los empresarios que no participaron en esta red deben estar trinando. Ellos deberían romper la omertà y decir que no todos son iguales. ¿Existe alguien que se atreva a romper la omertà capitalista? ¿O solo hablarán si salvan la ropa?

Formo parte de los ciudadanos que pagan los impuestos, sin chistar. ¿O sea que tales ciudadanos honestos somos un rebaño de tontos? Ahora estamos viendo cómo sujetos que posaban de respetables se enriquecieron repartiendo un poco de lo que iban a ganar porque conseguían, de manera delictiva, contratos de obras públicas.

Un negocio fácil: el empresario adelantaba la coima para asegurarse la adjudicación. Y, con la coima, los políticos implicados viven como millonarios y financiaban las campañas electorales. Dicho así, sin tecnicismos, da asco.

Los empresarios arrepentidos y sus gerentes repiten que los “apretaban” para que pusieran sus bolsos de plata a disposición del recaudador de De Vido. Pobre gente indefensa. Pero, ¿por qué eran “apretables”? ¿Tenían secuestrada a su familia? ¿Amenazaban vidas y honras? No. No era eso. Eran “apretables” porque esos empresarios querían conseguir negocios con el Estado y, si no aportaban bolsos repletos de plata negra, perdían la oportunidad. Eran “apretables” porque no tenían límites morales.

El dinero no tiene olor, como avisa la máxima latina, hasta que aparecen los cuadernos indicando dónde y cuándo aconteció el delivery.

Historia del desfalco. Los diferentes saqueos comenzaron hace siglo y medio. Historiadores podrán nombrar la expedición de 1879 al llamado “desierto”, cuando se repartieron entre la elite las tierras de los pueblos originarios que allí vivían (antes Rosas había hecho lo suyo).

Expertos en finanzas podrán nombrar las coyunturas en que prever el tipo de cambio multiplicó fortunas. El periodismo se ocupó con intensidad de los delitos estatal-privados sobre los que se espera juicio o sentencia de jueces que, casi hasta hoy, se movieron en benéfica cámara lenta, operada desde usinas políticas.

Más atrás, estuvieron la corrupción menemista, la Banelco para comprar votos durante el gobierno de De la Rúa, todo lo que conocemos. Pero lo que acaba de consolidarse en datos duros tiene una magnitud que arrasa con toda credibilidad: la de los empresarios implicados y también la de las asociaciones e individuos que no se apartan del montón de excrementos que estos van dejando a su paso; la de los políticos que pidieron plata y la recaudaron con la excusa de que hacer política es muy caro; la de quienes sabían que esto sucedía y no salieron a dar la alarma por conveniencia o convivencia, por cobardía, por codicia, por participar del mismo latrocinio o por espíritu corporativo.

La inmoralidad desborda sobre la esfera política. Desborda también sobre el mundo privado, donde los padres coimeros deberán mirar a sus hijos y explicarles que la coima es condición de un estilo de vida suntuoso. Los trajes de fiesta y las joyas de las esposas fueron pagados con dineros obtenidos por empresas que ganaban mucho porque repartían coimas; los colegios privados eran pagados del mismo modo.

No sabemos cuántos son los coimeros, pero sería necesario diseñar un programa de contención para sus hijos. Hagamos un punto cero, como hicieron los alemanes después de 1945. Ha llegado el momento de una resolución inquebrantable, toque a quien toque. No salimos de este lupanar por el camino reformista.

Si se quiere devolver algún respeto a la política, herida por los corruptos y por quienes los justifiquen con el argumento de que todo se trata de una conspiración contra los dirigentes “populares” y “progresistas”, hay que encontrar respuestas a una pregunta: ¿qué hacer de acá en adelante?

Cosas fáciles de decir, pero que requieren un acuerdo transpartidario. Por ejemplo: en las próximas elecciones solo se admitirán pintadas y afiches a cargo de la militancia o los simpatizantes de un candidato. No habrá trolls ni redes sociales que no estén identificadas con personas. No se publicarán avisos como propaganda encubierta de los gobiernos. No habrá otra televisión que los minutos otorgados a cada uno de los partidos de modo equitativo, según una ecuación de las elecciones anteriores y la permanencia en el sistema político en los últimos veinte o treinta años (cantidad más calidad).

Tomemos medidas duras, como se toman frente a una peste. Y a cumplirlas.

Ola verde. Pero, durante estas semanas, la Argentina no fue solamente un tinglado de picaresca pornográfica. Una nueva generación apareció en el espacio público. Decenas de miles de mujeres muy jóvenes participaron en movilizaciones continuadas desde el 8 de marzo; las acompañaban sus amigos, hermanos o parejas, muchas veces sus madres, que llevaron a la plaza a los más chicos de la familia, sus caritas pintadas con el trazo verde.

Para muchos era la primera vez. Hace décadas que no se producía una movilización tan continuada e inclusiva como la del apoyo a la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Es un reclamo con buena argumentación; no solo un grito crispado y valiente.

Algunos grandes acontecimientos provocaron el ingreso a la vida pública de sucesivas oleadas generacionales: en 1958, el debate (que incluyó a secundarios y universitarios) sobre la “enseñanza laica o la libre”.

Fue mi primera experiencia de calle y haberla atravesado con entusiasmo, aunque no asistí a la victoria de lo que pedíamos, hizo que muchos nos diéramos cuenta de que podíamos intervenir y reclamar. Yo era una estudiante del secundario y entonces vi las primeras columnas y repartí mis primeros volantes; creo que no argumentaba tan bien como ahora escuché argumentar en la plaza. La primera vez siempre es fundante.

En 1969, en Córdoba y otras ciudades del interior, hubo marchas y lucha de calle, se resquebrajó la “burocracia sindical” y surgió una generación de nuevos dirigentes. En 1973, centenares de miles, con diferentes consignas que se contradecían y enfrentaban, marcharon a Ezeiza a recibir a Perón. Había peronistas, no peronistas y marxistas.

Durante la dictadura, el puñado de mujeres que comenzó a marchar en Plaza de Mayo creció hasta convertirse en movimiento de derechos humanos, con todas sus contradicciones y conflictos, pero asegurando la presencia del reclamo.

En 1982, jóvenes del movimiento estudiantil universitario organizaron el apoyo a Raúl Alfonsín que prometía lo que hizo: juzgar a las tres juntas militares. La juventud radical tuvo entonces su perfil de masas, alto y progresista.

Los miles que participaron en estas décadas de ocupación de la esfera pública tomaron caminos muy diferentes. No se trata hoy de juzgar los resultados en cada una de las coyunturas. Se trata, más bien, de celebrar que, cuando parecía menos probable, gente de veinte años, hasta hace poco desinteresada de la intervención pública, ocupó la plaza con sus reclamos.

Es un punto cero radicalmente distinto al de los empresarios corruptos. Las chicas y chicos que fueron con su pañuelo verde reclaman por algo que concierne a quienes son diferentes a ellos mismos, piden por víctimas que no conocen: piden por la vida de todas las mujeres, empezando por las más pobres; piden solidaridad con el sufrimiento de otras y repudian las muertes provocadas por la ausencia de Estado.

El pañuelo verde no fue partidario, aunque los partidos estuvieran presentes y a ellos les cae la responsabilidad de crear redes organizativas donde las fuerzas que comenzaron a moverse encuentren formas de seguir expresándose, libres y alternativas, pero con la continuidad imprescindible para dejar una huella.

La utopía es, una vez más, la confluencia de ese poderoso movimiento social que sería capaz de dar nuevas cualidades a la política. En España, con los indignados surgieron dirigentes, se fisuraron las burocracias, se desplazó a los recalcitrantes de la derecha, se hizo visible un nuevo partido liberal, y cambió una entera generación del Partido Socialista.

La esfera pública ocupada por hombres y mujeres muy jóvenes anuncia un futuro. Pero no está asegurado. Sin embargo, si hay algo indispensable para construirlo es que los sujetos sean nuevos, que sepan quizá muy poco del pasado, lo cual puede ser su paradójica virtud: no cargan el lastre de una deuda incumplida, sino que viven en tiempo presente y futuro.

La seguimos en 2019 y habrá ley, porque hay una nueva voluntad de acción colectiva.


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