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Published on abril 15th, 2018 | by concordia7

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1968: EL AÑO EN QUE CAMBIÓ EL MUNDO

Las calles de París fueron tomadas por estudiantes que desafiaron la autoridad de sus padres y maestros. Los efectos que aún perduran de consignas como “Prohibido prohibir”.(BEATRIZ SARLO)

harles De Gaulle fue, durante la Segunda Guerra, implacable enemigo de Alemania. En 1962, De Gaulle, ya presidente de Francia, y el canciller alemán Konrad Adenauer, compartieron una ceremonia de reconciliación. El mundo se asombraba con el “milagro alemán”. Francia crecía al 5 por ciento anual. Los años de la posguerra hasta comienzos de los setenta se llamaron los “treinta gloriosos”: modernización, pleno empleo, seguridad social. El ensayista Edgar Morin se preguntaba entonces: “¿Hasta qué punto nuestra sociedad va en camino de parecerse a la norteamericana?”

Nada parecía anunciar los acontecimientos de mayo de 1968. No se originaron en los sindicatos ni en el Partido Comunista, de fuerte representación obrera. El mayo francés comenzó donde no se lo esperaba, y sus protagonistas fueron nuevos.

BARRICADA. AUTOS VOLCADOS EN EL BARRIO LATINO DE PARÍS. FUERON USADOS POR LOS JÓVENES PARA PROTEGERSE DE LA POLICÍA REPRESORA

Desde 1967, en Italia y Alemania, los estudiantes comenzaron a ocupar las sedes universitarias. Por todas partes se sucedían manifestaciones contra la intervención militar norteamericana en Vietnam. En noviembre de 1967, 300.000 personas se manifestaron contra la guerra por las calles de Washington. Poco después, un amigo norteamericano, joven periodista, me contó que había marchado. Lo envidié tanto como admiré su largo abrigo negro, muy de época.

En California, la universidad de Berkeley, y en Nueva York la de Columbia, fueron campos de movilización y activismo. Veinte años después, mi amable vecina de Berkeley evocaba esas épocas que ella sintetizaba como “violencia, marihuana y gente a medio vestir”. Apenas si pude disimular que me habría gustado estar allí. En febrero de 1968, un dirigente de los Black Panthers pronunció en Oakland, California, un discurso desafiante y definitivo: “Hoy no hablaré de política; ni de economía; hablaremos de la supervivencia de una raza”.

Consignas del Mayo 68 que se escribían en las paredes de París.

Casi en simultáneo, en Berlín, Rudi Dutschke, bello y carismático líder de los estudiantes, exponía la línea general: “Hoy el Parlamento no es el lugar de decisión política; las decisiones se toman en los acuerdos entre los burócratas de los ministerios y las grandes empresas. El Parlamento se limita a aprobarlos”.

En abril, los estudiantes checos se movilizaron en Praga contra el gobierno llamado “socialista” y lo pusieron en jaque durante meses, hasta que los tanques de la URSS y sus aliados dieron fin a las luchas democráticas. En ese mismo abril, Rudi Dutschke avanzaba en bicicleta por una gran avenida céntrica y recibió varios tiros; una foto muestra su bicicleta tirada en la vereda. Los disparos no fueron tan eficaces como los que asesinaron, en esos mismos días, a Martin Luther King. En todas partes algo estaba sucediendo.

Terminaban los “treinta años gloriosos”. Los estudiantes franceses despreciaban la mediocre sociedad que habían construido sus padres. Despreciaban el Citroën 2CV, la quincena de vacaciones, el televisor y las compras en cuotas. Se sentían extranjeros en el mundo de la pequeña burguesía ordenada, repetitiva, conservadora (votara a quien votara). Por eso, mayo fue una revolución simbólica contra las jerarquías familiares, institucionales y académicas; contra la autoridad; contra una sociedad satisfecha y banal. Por eso, mayo fue una revolución simbólica contra las jerarquías familiares, institucionales y académicas; contra la autoridad; contra una sociedad satisfecha y banal.

Los estudiantes no tienen un programa, pero saben contra lo que protestan. No quieren que el futuro sea una versión del presente de sus propios padres; ni quieren parecerse a sus profesores, que se comportan como mandarines y ejercen el saber con despótica superioridad. Rechazan el modelo cultural que viene junto con el modelo económico del capitalismo. Buscan nuevas identidades. A la imagen ordenada del obrero o del empleado cuyas vidas han sido disciplinadas por el trabajo y por la experiencia de la pobreza en los años de guerra. Al horizonte monótono que promete la jubilación y, como premio, vacaciones en el Mediterráneo, los estudiantes de estas familias tradicionales, de derecha o izquierda, oponen un mundo nuevo: el reino de la libertad en lugar de la esclavitud del bienestar en cuotas. No quedó escrito sobre los muros de Paris, pero hubiera podido ser una de las consignas: “Los Citroën 2CV son latas repugnantes”.

Frente a los adultos que cultivan el ideal pequeño-burgués de los buenos modales, la ordenada rutina, el camino del mérito, y el respeto por las instituciones escolares, los jóvenes rechazan exactamente eso. Están furiosos porque se les pide que se acomoden a un mundo que ellos ni desean ni valoran. Sus padres lo construyeron y cumplieron un objetivo. Ellos nacieron allí dentro y perciben sus límites. Se niegan a repetir la rutina de sus mayores y no quieren hundirse en la gelatina social que los ha convertido en espectadores.

Los más intelectuales de estos jóvenes probablemente hayan leído papeles de la Internacional Situacionista y sobre todo hayan oído hablar de un libro: La sociedad del espectáculo, publicado por Guy Debord en 1967. Más que lo hipotéticamente aprendido en Debord (o en Marcuse), conocen las consignas que los sintetizan: gozar sin límites como oposición a una sociedad capitalista definida por los medios. “Forma y contenido del espectáculo son la idéntica y total justificación de las condiciones y fines del sistema existente”. El sopor mediático es la droga más poderosa del capitalismo que los jóvenes impugnan.

Mayo es el mes de la palabra salvaje, liberada de las normas académicas que (vale la pena recordar) eran muy fuertes en Francia. El lugar común sobre mayo de 1968 son sus consignas, como “Prohibido prohibir” o “La imaginación al poder” (ver las que acompañan a esta nota). Y las grandes manifestaciones empiezan con discursos. Se trata, digámoslo de una vez, de una minoría movilizada. Pero esa minoría alcanza varias decenas de miles.

Todo comenzó en Nanterre, una nueva sede de La Sorbona, rodeada de barrios pobres, donde las construcciones inacabadas albergaban un flujo y reflujo permanente de estudiantes. Uno de ellos todavía escucha la palabra grève, huelga, como una especie de tema sonoro. En enero de 1968, Daniel Cohn-Bendit (hoy eurodiputado de tendencia ecologista en el Parlamento Europeo) interpeló en Nanterre al ministro de Juventud y Deporte que había llegado de visita para inaugurar una piscina. La escena es una síntesis de lo que sucederá en los meses siguientes. Cohn-Bendit le dijo al ministro que, en el libro que este había escrito sobre la juventud, no se mencionaba la sexualidad. El ministro le contestó: “Si usted tiene problemas de ese tipo, puede tirarse a esta piscina para tranquilizarse”.

Ni el dirigente estudiantil ni el ministro podían entenderse porque no hablaban la misma lengua. El férreo sistema educativo francés y sus reglas de cortesía se habían fracturado. El intercambio entre el estudiante y el ministro era inaudito (de una parte y de la otra, por cierto). El sistema universitario francés ocupaba, todavía en enero de 1968, una catedral con sus jerarquías y sus rituales. Todo eso cayó como si las piedras centenarias comenzaran a pulverizarse. Un estudiante de historia hoy recuerda haber participado (el 14 de marzo) en la primera manifestación de su vida. Fue un desfile ordenado por el barrio del Odéon, con sus viejas fachadas que, al estudiante de historia de Nanterre, le evocaban las ilustraciones de los manuales sobre las jornadas democráticas de 1848, que abrieron el camino a la república.

La noche del 10 de mayo fue la primera gran noche de barricadas. Miles de manifestantes aprendieron muy rápidamente las técnicas de la lucha en la calle, y desafiaron al mundo con el grito: “Somos un grupúsculo”. Durante un mes, París vibró noche y día. Las consignas escritas sobre los muros fueron una gran performance poética y política. Los estudiantes continuaban una larga historia. No solo la revolución democrática de 1848 y la Comuna de 1871, sino la revolución francesa había comenzado con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. Los tres grandes momentos de masas insurrectas quedaban unidos. Los estudiantes franceses reclamaban la herencia revolucionaria, incluso sin saber del todo que formaban parte de una línea histórica. Roland Barthes propuso la comparación más eficaz: mayo fue la “toma de la palabra”. Los estudiantes franceses representaban la herencia insurreccional.

DANI “EL ROJO”. EL LÍDER ESTUDIANTIL DANIEL COHN-BENDIT, EL 13 DE MAYO, EN UNA MANIFESTACIÓN CONJUNTA DE ESTUDIANTES CON SINDICATOS OBREROS

En La Sorbona, Jean Paul Sartre habló frente a una sala repleta. Por primera vez, lo tutearon y lo llamaron por su nombre de pila, que ninguno de sus amigos usaba: “A ver, Jean Paul, hazlo un poco más corto…” Todo estaba cambiando. Y, escándalo mayúsculo para la industria del cine, Jean-Luc Godard, François Truffaut y Louis Malle provocaron la clausura anticipada del festival de Cannes. Consideraban que el cine y el reparto de premios daba la espalda a lo que estaba sucediendo. El 17 de mayo. los cineastas leyeron su comunicado. Y, uniendo la acción a la palabra, Godard y Truffaut entraron a la sala del festival y se colgaron del telón para cubrir la pantalla donde se estaba proyectando un film de Saura. El mundo parecía acercarse a los deseos.

Todo está atravesado por una velocidad desconocida. El 10 y el 11 de junio fueron los dos últimos días. Los precedió la muerte de un estudiante de secundaria. El lugar donde cayó ese muchacho prueba que la lucha ya había desbordado los barrios universitarios y llegado muy cerca de las fábricas. El 10 de junio, la policía mató a tiros a un obrero e hirió a varios. La insurrección estudiantil había alcanzado las fábricas, donde se movilizaron los militantes sindicales y políticos más avezados.

Después de asambleas y discusiones, los sindicatos confluyeron a las manifestaciones de estudiantes; los profesores entraron en huelga. La pirámide jerárquica de la sociedad francesa se agrietó en pocas semanas. Maoístas, anarquistas, trotskistas, comunistas (pese a la oposición del Partido), discutieron estrategias y se acusaron mutuamente de torpeza o de indecisión. La historia rodaba hacia adelante.

Francia pareció estar al borde de una guerra. El escritor André Malraux, ministro de Cultura de De Gaulle, dijo: “Los huelguistas no estaban armados. Las manifestaciones conducían a la guerra civil, pero no la creaban. Fue como el ensayo general de un drama que mostraba, a los huelguistas y a quienes los observaban, la conciencia del final de un mundo”.

Sin embargo, De Gaulle, a punto de caer en un vacío político que pondría fin a la Francia de posguerra, contraatacó.

El 30 de mayo, las fuerzas de seguridad ya han limpiado las calles, mientras De Gaulle anuncia por radio y ante el parlamento no su renuncia, sino nuevas elecciones. Durante las semanas siguientes se arrestó a estudiantes y obreros. Los sindicatos levantaron las huelgas. Mayo 1968, de todas formas, dejó su marca.

¿Esto fue todo? No. Todo fue dar la palabra y ejercerla. Las consecuencias de la insurrección estudiantil ocuparon la década siguiente.

En 1973 se fundó Libération, el diario que hasta hoy sigue publicándose. En el grupo fundador está Sartre, que en 1968 ya había vendido por las calles, junto a Godard y Simone de Beauvoir, el periódico La cause du peuple, que llevaba, en la tapa, la efigie de Mao. El manifiesto que reúne a ese grupo sostiene: “Ha llegado la hora de ayudar al pueblo a tomar la palabra. Desde 1968, comenzaron a hablar las paredes de las ciudades y de las fábricas; y circularon las hojas cotidianas pero efímeras, donde el pueblo habló directamente al pueblo… El redactor servil del periodismo, para enterarse de las cosas, conversa con un diputado o con un funcionario ministerial. El periodista de Libération, hablará con la gente, jóvenes y viejos, con los miembros de los comités de lucha, con los que habitan viviendas precarias, con los consumidores”.

Mayo francés, nuevo público, nuevo periodismo. Cambió el lenguaje y, cuando el lenguaje es diferente, también lo son las ideas. Por eso, también cambió la universidad.

Episodio porteño. En mayo de 1968, el semanario Primera Plana, informó que el artista Roberto Plate exponía en el Instituto Di Tella una cabina cuyas puertas eran las de un baño público. Yo, aprendiz de periodista radial, llegué al Di Tella, sobre la calle Florida, en el momento en que la Policía estaba clausurando todo porque los visitantes habían entrado al baño y escrito en sus paredes frases que se consideraron políticas y obscenas. La Argentina estaba gobernada por el general Onganía.

Meses después, alguien me asignó la tarea de repartir unos volantes con la inscripción “Tucumán Arde” (foto). Retiré mis volantes en la CGT de los Argentinos, que dirigía Raimundo Ongaro y cuyo diario escribía Rodolfo Walsh. Mientras pegaba los volantes en los parabrisas de los autos, admiraba su estética pop. La instalación “Tucumán arde”, cuyas enormes fotografías ocupaban la escalera y las paredes de la CGT, fue armada por artistas porteños y rosarinos. Repartir los volantes en noviembre de 1968 me convenció de que estaba participando.

Hoy me sorprende la contemporaneidad de esos artistas con lo que, en esas mismas semanas, estaba sucediendo en Francia. Un pequeño mayo argentino replicaba el francés. Nuestro mayo sucedería, en grande, al año siguiente, en 1969. Se llamó el Cordobazo.


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